“Todo organismo sobrevive si, y solo si, interpreta la realidad correctamente. Si una polilla se empecinara en perforar un trozo de mármol, porque es incapaz de distinguirlo de la madera que necesita para nutrirse, se extinguiría. Le iría muy mal al conejo que no fuera capaz de distinguir a una coneja de una leona [...] Tiene muy poca importancia si estas interpretaciones son o no concientes. La conciencia es una recién llegada, tiene apenas 40.000 años, o sea ‘nada’ en comparación con los 4.000 millones de años de vida en el planeta.
El origen de la vida, su evolución, el enorme grado de complejidad y diversidad que ha alcanzado,
y la increíble hazaña de haber creado seres humanos se produjeron en ausencia de lo que podemos llamar conciencia. Es más, los científicos recién (apenas hace un par de siglos) empezamos a entender (concientemente) cómo se fabrica un bebé a partir de un óvulo fecundado, pero una antigua romana hacía sus romanitos sin tener la más remota idea de los fenómenos moleculares y embriológicos implicados.”
Así comienza su texto Elogio del desequilibrio3 el doctor Marcelino Cereijido, y es con esta mirada cósmica y humilde que deseamos abordar la reflexión acerca de la teoría psicoanalítica, que está en sus albores apenas un siglo después de su nacimiento. Presentamos este segundo número del año 2009 de la REVISTA DE PSICOANÁLISIS con trabajos de colegas de nuestra institución que proponen distintas miradas sobre la teoría y la clínica, por lo que los hemos reunido bajo el título “Teorías y encuadres diversos”.
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