Consideraciones acerca de ciertas paradojas en la conceptualización de la identificación, en la constitución del aparato psíquico”

Lic. Jorge Eduardo Catelli

1. Introducción

El objetivo del presente trabajo es abordar la problemática de la identificación en el duelo y la melancolía, poniendo en tensión la idea de “incorporación oral” con los mismos, para realizar una diferenciación de estos conceptos –de acuerdo a los planteos que fuera realizando Freud a lo largo de su obra– que son muy habitualmente utilizados de modo indiscriminado y siguiendo aspectos parciales de las formulaciones freudianas, o de momentos específicos de su producción, sin consideración del decurso global y más significativo de su pensamiento, en los contextos en que fue llevando adelante sus ideas.

A partir de estas diferenciaciones, fundamentadas eminentemente en los escritos freudianos y algunas otras reflexiones acerca de los mismos y materiales tomados de la correspondencia de Freud, plantearé mis ideas acerca de cierta paradoja que puede encontrarse en relación con estos procesos.

Me basaré en los textos freudianos que, a lo largo de la obra, van dando cuenta y respondiendo a estas consideraciones, apoyándome en lecturas del Jorge Winocur, acerca de las mismas.

Con el fin de acentuar algunas precisiones metapsicológicas básicas entre “duelo y melancolía”, que a veces –y muy a pesar de los esfuerzos de Freud en situarlas– quedan difusos y en algunos casos alterados, independientemente de las apariciones mixtas y variadas que tales cuadros presentan en la clínica, me ocuparé de situarlos, subrayando algunos puntos cruciales que marcan una diferenciación necesaria para su conceptualización y comprensión fundamentada de los fenómenos clínicos.

Del mismo modo, y fundamentalmente a partir de las formulaciones de Abraham, queda muchas veces confundido el término de “identificación” con la idea de “incorporación oral” y asimismo con el concepto de “introyección”, que intentaré discriminar, para dirimir las ideas que considero son propias del pensamiento freudiano y la posible relación existente entre las mismas en el duelo y la melancolía.

Según comenta Strachey en la nota introductoria al texto anteriormente citado (p. 237), Jones informa en 1955 (pp. 367-368) que Freud remitió a Abraham el borrador de este artículo, haciéndole comentarios respecto de la relación entre la melancolía y la etapa oral de la libido, antes que éste sea publicado.

Va a decir Abraham en 1924 (p. 333), desarrollando las ideas que ya hubiera comenzado a plantear en publicaciones de 1911 y 1916, que

“[…] la melancolía es una forma arcaica del pesar (duelo)2 […] El proceso del [duelo] involucra este consuelo: ‘mi objeto amado no se ha ido, pues ahora lo llevo dentro de mí y nunca podré perderlo […]” haciendo referencia de este modo, a la “consumición” –tal como refiere él mismo– del cadáver del muerto en los ritos primitivos, como “proceso psíquico […] idéntico al que se produce en la melancolía […]”, apoyándose en una hipótesis de Róheim, según quien los rituales del duelo, en su forma arcaica, consistían en la devoración del cadáver. Róheim, antropólogo y psicoanalista húngaro, se había formado como folclorista y aplicó al folclore algunos de los planteamientos de Sigmund Freud , partiendo del principio de que los mitos, leyendas y ritos pueden interpretarse con la misma metodología que los en sueños . Los datos que aporta sobre lo que en su momento denomina “culturas primitivas” –concepto discutible desde diversas perspectivas hoy en día- proceden en gran medida de un trabajo de campo riguroso, llevado a cabo por él mismo en varias tribus de pueblos originarios de Australia y Norteamérica . Róheim, quien en 1918 conoce en persona a Freud, comienza un año más tarde a dar clases como profesor de antropología en la Universidad de Budapest y gana en 1921 el “Premio Freud” al mejor estudio científico sobre análisis aplicado, declarando el mismo Sigmund Freud en 1925 que Róheim y Theodor Reik habrían de ser las dos personas que más hicieran por ampliar los puntos de vista expuestos por él en Totem y tabú.

Es la influencia de estas ideas, a su vez incidiendo en Abraham, lo que considero que lleva a Freud a pensar la identificación originariamente oral o canibálica, tal como señala en 1913, acerca del “ acto de devoración del padre”, según el cual los miembros de la horda primordial, “consumaban la identificación con él” (pp. 143-4). O bien en 1915, (p. 247) cuando se refiere a la identificación como “la etapa previa a la elección de objeto […] el primer modo […] como el yo distingue a un objeto”, agregando que el yo “ querría incorporárselo, en verdad, por la vía de la devoración, de acuerdo con la fase oral o canibálica del desarrollo libidinal ”, en lo que creo, es un intento de aunar, integrar las ideas de ambos, aun un poco forzadamente. Retomaré luego este punto en mis consideraciones sobre la identificación. (Infra p. 12 y sigs.)

Sin embargo, ya tempranamente, Freud había definido el concepto de identificación como un “modo de pensar” del aparato psíquico, un modo espontáneo de funcionamiento, que luego veremos, retomará después, a lo largo de su obra, marcando una clara definición respecto de estas otras ideas y pudiendo de esta manera, seguir una línea específica del pensamiento de Freud, en esta dirección.

Propondré luego, en la última sección (infra p. 19), algunas ideas teóricas integradoras respecto de los lineamientos que desarrollaré a continuación, que constituyen cierta “paradoja” acerca de estos lineamientos.

2. „ Trauer und Melancholie “ o la traducción como interés para la teoría

Traduttore, traditore” reza la antigua sentencia italiana, para denunciar con absoluta síntesis, la imposibilidad que nos impone el lenguaje, al traducir de una lengua a otra sus significantes. Aún con ciertos atisbos de transparencia, se impone la opacidad propia del traspaso de una lengua a otra, mediando campos semánticos distintos, orígenes etimológicos disímiles y pragmáticas históricas diversas, que implican a los usuarios, las especificidades propias de las ciencias en que tales significantes emergen y las variancias de las significaciones de los mismos a lo largo del tiempo. Sin embargo, tal como dijera en otro lado (Catelli, 2009a) quienes se han dedicado y se dedican a la traducción, siguen haciendo el intento ­–aunque infructuoso– de evitar la traición a los términos originales, a veces en pos de la literalidad y a pérdida de estilo literario, y otras viceversa.

En el caso de los términos „Trauer“ y „Melancholie“, tal como Freud los escribe en su texto original, no presentan demasiada dificultad a la hora de ser traspasados a nuestros conocidos “duelo” y “melancolía”, del mismo modo que „ Identifizierung“ e “ identificación”, que conservan incluso un mismo origen etimológico. Estas últimas provienen del latín “ídem” –lo mismo–, comenzado a ser utilizado a mediados del siglo XVII en nuestro idioma como tal, a partir
de “entitas” –entidad– (para traducir del griego ταυτοτεσ “tautótes”) e “idem”, que antes citara. Sin embargo, me parece interesante realizar esta nota respecto del origen de estos términos, que pueden enriquecer algunas de las reflexiones del presente trabajo.

El término „Trauer“, tiene en idioma alemán como sinónimos los términos „Gram“ –que es dolor, pesar, aflicción, pena, así también como metafóricamente, “podredumbre”– o „Kummer“ –pesadez, preocupación, aflicción, también figurativamente “podredumbre”– (¿podría ser también pensado desde nuestro arte y ciencia, como la podredumbre de la libido estancada en el yo?) Menos utilizado es el término „Betroffenheit“ que describe el estado de “impacto” de una situación; literalmente „betroffen“ en su modo pasado participio, es estar “tomado”, “tocado”, “preocupado” o “afectado” por una situación. La finalización „heit“ da cuenta de la sustantivación de ese ‘estado’ subjetivo que expresa el verbo. Freud elige la palabra „Trauer“. Ésta proviene del verbo „trauern“, que encuentra su origen en el siglo IX, (Kluge, p. 926) en su raíz del “alemán clásico medio” –Mittelhochdeutsch– como „trüren“ y a su vez en el “alemán clásico antiguo” –Althochdeutsch– como „truren“ que significa “bajar los ojos”. Si bien los estudios etimológicos no ofrecen más que datos duros, de rastreos acerca de procedencias históricas, conjunciones de palabras en idiomas originarios y sus derivas a lo largo de los siglos, me resulta interesante que aparezca ese “bajar los ojos” que explica Kluge, que impresiona eventualmente como ademán de retracción y tristeza, y a su vez, la idea plástica del pesar, en “bajar la mirada, bajar la cabeza”.3 A su vez pareciera la descripción plástica de la retracción libidinal, propia del narcisismo, que surge del origen de la palabra que damos en traducir por “duelo” en español. ‘Retraer la mirada’, ‘bajar los ojos’, ‘apartar la vista del objeto’ o quizás –acercándonos paulatinamente a lo que veremos luego que plantea Freud– ‘desasirse del objeto y retraerse hacia sí mismo’, parecerían ser las ideas que evoca la mera etimología de la „Trauer“. De este término surge a su vez el adjetivo „traurig“, de uso actual, coloquial y cotidiano, para los usuarios de la lengua alemana, que significa “triste”, “dolido” o “apesadumbrado”.

“Duelo”, en español, de raíz latina tardía –aprox. de 1140–, encuentra su origen en “dolus”, –dolor– (Corominas, p. 219), dando lugar en el siglo XIII al término “condolencia”, como sentimiento de ‘dolor compartido con otro’ y comienza a mostrar la expresión lingüística, la aparición del otro, con quien es posible compartir empáticamente un sentir, un dolor. Recién en 1565 o mediados del siglo XV, toma el sentido de “desafío, combate entre dos” por una alteración de sentido, influido por “duo” –dos–, condensado con “duellum” –guerra– que en esta línea daría lugar a una “guerra entre dos”. (Ibíd. p. 221) ¿Podría ser algo del ‘duelo’ entre el superyó y el yo? ¿Algo de esa guerra furibunda y encarnizada entre ambas instancias, propia del duelo patológico?4

Tanto “melancolía” como „Melancholie“, tienen origen en el griego –“kholé”, bilis y “mélas”, negra–5 que llega al latín como “melancholia”. En 1251 “malenconía” y luego, en 1490, tal como conocemos la palabra hoy en nuestro idioma, “melancolía”. En el célebre grabado de Dürer, puede leerse un amplio cartel sobre el cielo del atardecer, que muestra lo que podríamos suponer, es una evolución intermedia del término Melancolía: “Melencolía”. Recordemos que data de 1514, tal como figura en clave en el cuadrado mágico, a la derecha, debajo de la campana en ese grabado. Parecería describir, siguiendo a Hipócrates y su teoría de los cuatro humores, la inundación sombría de “bilis negra” en el yo, propia de este cuadro clínico.

3. ¿Duelo “o” melancolía?

Las primeras referencias que Freud realiza acerca de la melancolía, son de 1892-93 (p. 155) en que compara a las neurosis con aquélla, situando que en las neurosis –y refiriéndose no solamente a la histeria, sino al “status nervosus” en general– cabría suponer la presencia primaria de una tendencia a la desazón, a la “ rebaja de la autoconciencia 6, según va describiendo su conocimiento clínico de la melancolía como síntoma aislado en su desarrollo extremo.

Tanto en el “Manuscrito E”, (p. 231) en que Freud se ocupa de la génesis de la angustia, como en el “Manuscrito G”, (pp. 239 – 246) que lleva por título “Melancolía”, intenta en ambos, explicarla en términos más bien neurológicos.

En el primero, la define como producto de la acumulación de tensión sexual psíquica, describiéndola desde los primeros términos, en relación con el estado “anestésico” de los melancólicos, quienes no tendrían ninguna necesidad de coito sino más bien una gran añoranza por el amor en su forma psíquica, explicándola como una “tensión psíquica de amor” (p. 231), conduciendo a la formación de melancolía, cuando ésta queda acumulada e insatisfecha. Freud venía desarrollando la psicogénesis de la angustia y planteándose, a partir de las investigaciones que realizaba con sus pacientes, cuál sería el decurso de la acumulación de la tensión sexual, teorizando a partir de ésta, o lo que había dado en llamar la “descarga estorbada” (p. 230), las neurosis de angustia. En éste último caso, la génesis estaría dada por la acumulación de tensión sexual física, mientras que diferencialmente en este punto, su consideración acerca de la melancolía, sería la acumulación de tensión sexual psíquica. Lo que él llama “tensión endógena” (p. 231), continuando con esta etiología de la angustia, sea que crezca de manera continua o discontinua, se haría notoria al alcanzar un umbral que despertaría una “libido psíquica”,7 que requeriría de una “reacción psicofísica” (p.232), que de no cumplirse, dejaría una tensión física no ligada psíquicamente, que de este modo se mudaría en angustia.

En el segundo manuscrito mencionado supra, el “G”, me resultó interesante encontrar la idea de “hemorragia interna”, (p. 245) que produce un “empobrecimiento de excitación, de acopio disponible”, al estilo de lo que habrá de plantear en 1914, en “ Introducción del Narcisismo”. A propósito de este punto, me detuve oportunamente en otra publicación (Catelli 2014). Freud plantea, a partir de esta hemorragia, un empobrecimiento de excitación en que tal recogimiento excitatorio, tendría el mismo efecto que una herida, “análogamente al dolor” (p. 245)

Es sin embargo el “Manuscrito N”, anexo a la carta 64, fechada en Viena el 31 de mayo de 1897, (p. 296) donde encontramos lo que podríamos considerar un genuino antecesor de “ Duelo y melancolía” (1917e [1915]). En éste va a plantear ideas que serán conductoras de su pensamiento, aún con variancias y las influencias temporarias de otros colegas, que habrá de tomar periódicamente, tales como que los impulsos hostiles (plantea ejemplarmente aquellos hacia los padres, que luego se tornan compasivos por su enfermedad o muerte), pueden devenir en reproches, a los cuales nombra como melancolías y menciona que sobreviene la identificación, explicándola como “un modo de pensar” (p. 296), punto en el que colocará el acento en sus trabajos Jorge Winocur, acerca de ésta.

Señalo con particular énfasis esta última idea, ya que es ésta una idea que Freud tomará también luego, junto con las de la “incorporación” como raíz de la identificación y que luego, siguiendo su pensamiento, lo veremos variar, retornando a la concepción de la misma como “modo de pensamiento”, como “proceso deductivo inconsciente”, a partir de un elemento común, que le sirve de apoyo al aparato psíquico, para “extraer conclusiones”. Volveré luego a este punto para desarrollarlo respecto de la diferenciación de la ‘identificación’ como ‘originada en la incorporación oral’ o bien como ‘proceso de pensamiento’ en el apartado 4. (infra p. 12)

Duelo y melancolía” (1917e [1915]), artículo en donde desarrolla estas ideas a fondo, es considerado una extensión del artículo sobre el narcisismo (1914c). En este último, ya aparecía la descripción del funcionamiento de la “instancia crítica” (pp. 92 – 3), que en el primero, se la ve operando en la melancolía.

Es en aquél artículo en que diferencia puntualmente “duelo” de “melancolía” metapsicológicamente, a lo largo del mismo. A saber: comienza considerando al duelo como reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, “como la patria, la libertad, un ideal, etc.”. Luego explica el trabajo del duelo, (recordemos el origen etimológico de „ trüren“, (supra p.4) como el retiro pieza por pieza, de los enlaces libidinales del sujeto con el objeto perdido:

[…] “ Cada uno de los recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anudaba al objeto son clausurados,8 sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento de la libido9 ”. […] (p. 243)

Un poco más adelante, menciona el anticipo de lo que considero son los rasgos diferenciales distintivos entre “duelo” y “melancolía”: en la melancolía, a diferencia del duelo, lo que en verdad se pierde, es una parte del yo, concordantemente con que hay una rebaja del sentimiento yoico -„das Ichgefühl“-10. Con esa rebaja, va situando un factor diferencial en el melancólico, respecto de quien se encuentra realizando el trabajo de duelo y, de ese modo, explica cómo el mundo también se empobrece y vacía, siendo que en la melancolía eso, le ocurriría al yo mismo. (p. 243)

Para dar cuenta de esto, Freud cita unas condiciones previas para la melancolía y estas son que tiene que haber existido, por un lado, una fuerte fijación en el objeto de amor y, por el otro y en contradicción a ello, una escasa resistencia de la investidura de objeto, siendo este último elegido sobre una base narcisista (Cf. p. 247). Es este el modo en que lo refiere el mismo Freud, a partir de lo que él mismo nombra como una “certera observación” de Otto Rank.

La ya “célebre” cita “La sombra del objeto cayó [entonces11] sobre el yo” […] (Cf. p. 246), la entiendo como la caída de un reflejo del objeto sobre el yo, no es el objeto mismo, sino más bien esa intercepción entre yo y objeto que considero corresponde a la identificación narcisista, tal como explica en la frase anterior, y que impide que el objeto sea tal: es sólo su sombra. Queda de este modo expresada la equiparación entre el yo y el objeto, producto de la condición narcisista previa, que implica entonces la confusión entre ambos. Para explicar esto, plantea que la libido libre no se retiró a otro objeto sino que se retiró sobre el yo,sirvió para establecer una identificación del yo con el objeto resignado y plantea aquí esta suerte de genial oxímoron: “ La sombra del objeto cayó [entonces, de ese modo] sobre el yo”. Éste, en lo sucesivo, pudo ser juzgado por una instancia particular como un objeto , como el objeto abandonado. De esa manera, la pérdida del objeto habría de haberse mudado “ en una pérdida del yo”, y el conflicto entre el yo y la persona amada, en una bipartición entre el yo crítico y el yo alterado por identificación. (Cf. pp. 246 – 7)

Comienza aquí el anticipo más claro de lo que será el ‘superyó’.

A partir de la idea del suicidio –por el cual dice que la melancolía se vuelve tan “interesante y… peligrosa”– explicita la equiparación del yo con el objeto que marca una diferencia clave respecto del duelo y sitúa el análisis de la melancolía como paradigmático, para dar cuenta de que el yo sólo puede darse muerte si en virtud del retroceso de la investidura de objeto puede tratarse a sí mismo como un objeto, si le es permitido dirigir contra sí mismo esa hostilidad que recae sobre un objeto y “ subroga la reacción originaria del yo hacia objetos del mundo exterior”12 (p. 249).

Vale decir, que es necesario que el aparato psíquico tenga un funcionamiento refractario, narcisista, tendiente a expeler los estímulos y por lo tanto al objeto, al estilo del primer modelo de aparato psíquico planteado por Freud en “ La interpretación de los sueños”.

Este modelo, es presentado como sistema colmado de cantidades, de funcionamiento “eferente”, del cual es paradigma el modelo del arco reflejo, en que una parte del sistema recibe el golpe (el estímulo del objeto) y desencadena la patada de inmediato (se desembaraza de éste), por encontrarse el sistema ‘saturado’ –cabalgando conceptualmente entre términos que provienen de un Freud más bien neurólogo y que va haciendo una metáfora de y con estos términos, para la construcción posterior de la metapsicología-. Explica cómo salta a la vista, en este aparato que está presentando, compuesto por sistemas ψ , una cierta “direccionalidad”, según la cual, toda la actividad psíquica parte de estímulos (internos o externos) y termina en inervaciones y planteando finalmente cómo de este modo, el proceso del reflejo seguiría “siendo el modelo de toda operación psíquica ”. (1900a [1899], pp. 530 – 1)

Del mismo modo explica este funcionamiento en “ Pulsiones y destinos de pulsión” (1915c), al referirse al yo-realidad inicial, como una instancia que ha distinguido el adentro y el afuera y se muda en un yo-placer purificado, que pone el carácter del placer por encima de cualquier otro, tendiendo de este modo a deshacerse de toda excitación que, como tal, promueve el displacer. En este punto, considero importante recordar que el “placer” referido en este momento de la
obra, dista del planteado en 1924, luego de las formulaciones de “ Más allá del principio de placer” (1920g). El de 1915 es aún subsidiario del “principio de constancia”, según el cual el aparato anímico se afanaría por mantener lo más baja posible, o al menos constante, la cantidad de excitación presente en él. Luego (ibid, p. 54) nombrará a aquel “principio de placer”, ahora adscripto a la pulsión de muerte, como “principio de Nirvana” (siguiendo la idea de Barbara Low) y un “nuevo” principio de placer, quedará definido como el que –pulsión de vida mediante– hace tender al aparato a la búsqueda de los estímulos, de acuerdo a ritmos, que redefinen al mismo, como un aparato “buscador de objetos” –como le gustaba decir a Jorge Winocur- en vez de refractario como el del Proyecto (Cf. AE, 1, p. 356) o bien de la Interpretación de los sueños (1900a) citado y comentado supra.

Esto implica la concepción de un aparato psíquico narcisista, refractario del objeto en tanto proveedor de estímulos, que nos permite comprender el distingo de la melancolía en su base esencialmente narcisista: el objeto perdido no es tal, a lo sumo es una parte del yo. De este modo, comprendo la “afrenta real o […] desengaño de parte de la persona amada” (AE, 14, p. 246) como la injuria provocada por el descubrimiento de que el otro es efectivamente eso: otro, un objeto, ‘no yo’. Vemos entonces que la melancolía se desencadena por la “aparición” del objeto, más que por su pérdida, que sería una pérdida del yo.

Entra ahí la “identificación” a cobrar un singular protagonismo en la configuración del cuadro melancólico, particularmente la “identificación narcisista”, que por lábil, variable y poco duradera, abre la puerta a la mencionada confusión del yo con el objeto y a los planteos freudianos –tal como comenzara a esbozar supra (p. 6)– acerca de la identificación, respecto de la cual, en relación con el “duelo” y la “melancolía”, intentaré situar algunas precisiones en los desarrollos de freudianos.

4. Identificación e incorporación oral: debate y posición

Tal como vengo investigando desde hace unos cuantos años a partir de los trabajos de Jorge Winocur, (Catelli 1989, 2009b, 2016 b, Catelli y Zaefferer 2013) el concepto de identificación, puede rastrearse en la obra de Freud muy tempranamente.

Ya en el “ Proyecto de psicología” (1950a [1895]) aparece, e incluso en el “Manuscrito L” (p. 289), en que habla del “papel de las sirvientas”, con quienes […] “por identificación con estas personas de moral inferior, que como un material femenino carente de valor, tan a menudo son recordadas en relaciones sexuales con el padre o el hermano, se vuelve posible un sinnúmero de cargos con reproches” […]. Tal como comentara supra (Cf. p. 7), en el “Manuscrito N”, anexo a la carta 64 de1897 (p. 296), de la misma época que la cita anterior, aparece la idea de la identificación como […] “modo de pensar”, a partir de elementos que el aparato psíquico toma en común: vale decir, que desde una perspectiva -temprana por cierto- en la obra de Freud, aparece este modelo para explicar la identificación, en que es posible ubicar cierto automatismo, que daría cuenta de ese “ pensar inconsciente”, una “máquina de Turing” que permite establecer coincidencias y disidencias, parecidos y diferencias, en esa búsqueda espontánea de símiles, con los que el yo –aún sin saberlo en sus aspectos más conscientes- llevará a cabo la identificación.

No tomaré todas las dimensiones que el concepto de identificación adquiere a lo largo de la obra de Freud, sino exclusivamente las que considero relevantes en los desarrollos del duelo o la melancolía, según corresponda, en discusión con la incorporación oral, como “ forma originaria del lazo afectivo con el objeto”, (Laplanche y Pontalis, p. 186) como primer modo de la identificación, marcada por la relación canibalística.

En el “Proyecto…”, describe Freud cómo un hecho tempranísimo y de enorme importancia en la vida anímica, la “ vivencia de satisfacción”, produce tanto una huella perdurable, cuanto una intensa aspiración a reproducirla. El mecanismo que producirá una recarga de las huellas mnémicas de aquella primera experiencia, guiando cada intento de lograr una descarga, desarrolla una progresiva complejización: de la postergación de la satisfacción de la necesidad que produce una descarga en forma de llanto –indirectamente acorde a fin– (Cf. pp. 362 – 6) a la adición de signos de la realidad sobre las huellas mnémicas, puede producirse una alucinación, conocido este proceso como “ identidad de percepción”. Vale decir, se ha tomado como idéntico aquello evocado, como si hubiese sido percibido. En el caso en que no sea exactamente el mismo objeto encontrado, el sujeto habrá de comparar la percepción del mismo con su huella y, en función de que sea adecuada, le otorga el signo de realidad, por poseer cierta “identidad” con respecto a cualidades que aquél considera indeclinables. Esto aparece ligado ya al proceso secundario y se lo conoce como “identidad de pensamiento”, respecto del que me ocupara oportunamente hace algunos años (Catelli, 2009a).

Me resulta interesante destacar que la palabra que normalmente utiliza Freud en el original alemán para decir ‘percepción’, es „Wahrnehmung“, que literalmente significaría “ aquello que es tomado por verdadero”, („Wahr“–la verdad– y „nehmung“, del verbo „nehmen“ –tomar–) en vez de utilizar la palabra „Perzeption“, de origen latino tardío, que implicaría otra etimología vinculada con “ aquello a lo que se accede por medio de los sentidos” –del lat. perceptio, percipere-.

En el primer caso, daría la idea del “juicio”, como condicionante de la percepción, ya que “ tomar algo por verdadero” („wahrnehmen“), compromete a nivel de la enunciación a un sujeto –o mejor sería decir en este contexto ‘ un aparato psíquico’– que realizaría un cierto proceso de pensamiento, para identificar al objeto, en la acción de la percepción misma. (Cf. Catelli, 2009b op. cit.)

El “complejo del semejante”, va a ser también precursor de la identificación, en la medida que consiste en una suerte de reflexión acerca de los orígenes de la comprensión de los actos expresivos ajenos (Cf. Catelli, 2016b, 2019 a y Valls, p. 152).

En el “Proyecto…”, muestra este proceso, que involucra al pensamiento con la identificación, en función de ese encuentro con el semejante, planteando que el fin de discernir, por parte del sujeto, la imagen-percepción sería sobreinvestida desde el yo, siendo que habiendo puntos de coincidencia con la huella, no sería completamente nueva y, por lo tanto, evocaría una “imagen-percepción-recuerdo” con al menor una cierta coincidencia parcial, con lo cual se repite el proceso de pensar.

Entonces plantea Freud que si es un prójimo,13 aquél que se ofrece como objeto a la percepción, y que éste se brinda parecido al sujeto, “ el interés teórico” se funda en que tal objeto sería simultáneamente un primer objeto-satisfacción y a su vez un primer objeto hostil, que encarna al “único poder auxiliador”, situando entonces la célebre afirmación: “ Sobre el prójimo, entonces, aprende el ser humano a discernir ”. (p. 379)

Es sin embargo “Duelo y Melancolía” (1917e [1915]) en relación con la identificación, el “enclave donde convergen líneas de pensamientos anteriores” (Winocur et al, 1989). Son éstas las del “Proyecto” (1950a [1895]), “La interpretación de los sueños” (1900a [1899]) e “ Introducción del narcisismo” (1914c), para continuar luego, fundamentalmente en “Psicología de las masas…” (1921 c) y “El yo y el ello” (1923 b).

En “Tótem y tabú” (1912 – 13) ya había considerado a la identificación estrechamente ligada a la fase oral o canibálica del desarrollo de la libido, y –tal como plantea J. Strachey (AE. 14, p. 239) “quizá dependiente de ella”. Es ahí donde sitúa, respecto de la relación de los hijos con el padre de la horda primordial que “ en el acto de la devoración, consumaban la identificación con él ” (p. 143 – 4)

No menos importante es entonces, la frase que precede en el texto a la anterior cita:

[…] “ El violento padre primordial era por cierto el arquetipo envidiado y temido de cada uno de los miembros de la banda de hermanos […] (p. 143)

Con lo cual también podemos colegir que la identificación –al menos parcialmente– era previa a aquella devoración que la sucedería,14 los hijos querían ser como el padre: lo envidiaban y le temían. Sin embargo parecería haber sido ésta una identificación fallida, fracasada, creyendo entonces –siguiendo con la construcción mítica freudiana– que comiéndose al padre, serían como él. Al estilo del hombre primitivo que devoraba al animal con el fin de poseer sus cualidades,15 o en el ritual de la ‘sagrada comunión’ cristiana, en que se incorpora por medio de la hostia consagrada “el cuerpo de Cristo” –también bajo la égida de la creencia compartida– y que “ repite el sentido y el contenido del antiguo banquete totémico ”. (Freud, 1939a [1934-38], p. 81) Claro que es necesario que esta hostia esté investida de algún modo peculiar para que psíquicamente tenga su eficacia.16

Siguiendo con la línea de “Tótem y tabú”, plantea Freud en 1915 (p. 247) que en la identificación, el yo “ querría incorporárselo, [al objeto] en verdad, por la vía de la devoración, de acuerdo con la fase oral o canibálica del desarrollo libidinal ”.

Según Abraham (1924, p. 338), Roheim en una comunicación al congreso psicoanalítico de 1922 planteó unas “interesantes observaciones acerca de la necrofagia. Lo que él dijo hace muy probable que en su forma arcaica los ritos del duelo consistieran en la ingestión de la persona muerta.” (Cf. supra, p. 4) De este modo, explica las manifestaciones propias de la melancolía, que va a desplazar a la concepción de la identificación y que Freud, tal como citara supra (pp. 3 a 5), toma en cierto período, coincidentemente con las ideas de 1913. (Si bien no podemos desestimar que las publicaciones de aquél datan de 1911)

5. Freud y Abraham: algunos intercambios “grávidos de consecuencias”

En una carta fechada el 31 de marzo de 1915 en Deutsch Eylau, Abraham le escribe a Freud para comentarle su teoría sobre la melancolía, situando algunas relaciones respecto de la neurosis obsesiva –puntualmente respecto del caso “El hombre de las ratas”, que recién se había publicado, destacando la importancia del sadismo, respecto de la incapacidad de amar y haciendo referencia a una pregunta en cierto modo retórica, acerca del por qué en algunos casos se derivaría en una neurosis obsesiva y en otros en una melancolía. Según refiere, gracias a los trabajos sobre el narcisismo y la organización pregenital puede establecer algunos nexos para situar la existencia “de un parentesco” (p. 323) entre ambos cuadros. Respecto de los dos factores importantes de la formación de la neurosis obsesiva, es decir el sadismo y el erotismo anal, refiere a un trabajo de su autoría, de 1911, en que situara la mayor incidencia del primero en la melancolía, por haber visto en su casuística clínica una cantidad de pacientes con reacciones violentas y criminales en el análisis de los melancólicos, entendiendo a los autorreproches como sentimientos hostiles reprimidos que se evidencian también en el modo en que los melancólicos suelen torturar a su entorno, sumándole a esto la reaparición más patente del sadismo en la fase maníaca.

En la misma carta, señala que sin embargo, no le daría una importancia sobresaliente al erotismo anal en la melancolía, ubicando aquí lo que se hallaría en la línea de separación entre los dos estados que considera tan parecidos en todo lo demás. Y vuelve entonces con otra pregunta retórica acerca del melancólico, planteándole “¿ Pero qué ha hecho el melancólico, en definitiva, con el objeto con el que se identifica ?”. A partir de allí plantea su teoría apoyándose en los agregados de Freud a la tercera edición de los “Tres ensayos de teoría sexual” que se había realizado recientemente, en que éste había introducido el concepto de una organización oral-caníbal de la libido, cuyo fin era “la incorporación del objeto” (p. 180).

Allí en donde Freud viese la identificación remitiéndose a la base infantil de ese proceso de incorporar su objeto de amor, o sencillamente a comerlo, Abraham ve motivos concluyentes de la tendencia al canibalismo en la identificación melancólica. Y subraya el significado ambivalente de esta identificación: simultáneamente sería prueba de amor y de aniquilamiento.

A partir de aquí Abraham le plantea a Freud que, así como en la neurosis obsesiva tendría una particular importancia la zona erógena anal, basado en su casuística clínica, puede fundamentar que la zona de la boca ocupa ese lugar privilegiado en la melancolía.

Cita entonces las recurrentes tendencias de los melancólicos a estar preocupados por “morirse de hambre”, o bien rechazar los alimentos o también los casos en que de uno u otro modo el alimento adquiere una importancia muy significativa. (p. 324) (Cf. en Catelli 2016a y 2019 a, el caso “Mirta”)

En una respuesta de Freud a Abraham del 4 de mayo del mismo año que la anterior, le dice que no tuvo reparos en insertar en su ensayo todo lo que le parecía útil de sus sugerencias, en particular la referencia a la fase oral de la libido, que también habría mencionado en relación con el duelo.17 (p. 328) Con lo cual contamos con una prueba bastante eficiente de la incidencia de este lineamiento teórico de la oralidad en relación con la identificación en este período, especialmente.

Más allá de estos intercambios, Abraham (1924) comenta que luego que su padre muriera, durante el período de duelo por el que pasó, le ocurrieron “ciertas cosas” como consecuencia de lo que él mismo llama “proceso de introyección”: su cabello encaneció rápidamente y luego volvió a ponerse negro en el curso de unos pocos meses.

[…] “lo había visto [al padre] anteriormente unos meses antes de su muerte, su cabello y barba estaban casi blancos y más largos que lo habitual, pues permanecía en cama. ” […] (p. 333)

Así nos anoticia de un buen ejemplo de una “ identificación narcisista” propia de ese momento melancólico que parece habérsele suscitado, además de la introyección del objeto perdido. En el mismo informe hace él mismo alguna referencia a lo que podríamos entender como sus auto-reproches, respecto de no haber podido estar en esos últimos momentos de la vida de su padre.

A diferencia de la incorporación –in corpore, “adentro del cuerpo”–, la “introyección18 parecería ser un proceso psíquico (como fantasía de incorporación). El objeto se va interiorizando –psíquicamente– pero es sentido ajeno al yo, por lo tanto éste se vincula con ellos de un modo semejante a como lo hace con los objetos externos. En este sentido, es el superyó el prototipo de ese tipo de objetos internos. (Winocur con Carrica, Onetto y Weber, 1989).

De este modo, considero que es la “identificación narcisista” la que opera en la melancolía, desde la base de la misma, tal como la condición de la disposición narcisista del yo que habrá de melancolizarse. Es en esta línea que la incorporación oral sería adecuada para entender la situación regresiva de la melancolía, como fracaso de la identificación, más que como consumación de la misma. Tal como en el caso de la ‘identificación narcisista’ a nivel psíquico, en la ‘incorporación’ el objeto está un breve lapso en el cuerpo (en el yo, para la identificación narcisista). Un momento “maníaco”, de “posesión maníaca” del objeto:

[…] “ mi objeto amado no se ha ido, pues ahora lo llevo dentro de mí y nunca podré perderlo ” […] (Abraham, 1924, p. 333)

Abraham cita también “ lo mucho que de esta posición libidinal respecto de su objeto, ha quedado en muchas lenguas ”. Así poseer, del lat. ‘possidere’, -sentar las posaderas-, es en alemán „besitzen“, que proviene de „sitzen“–estar sentado– probablemente sobre la ‘ posesión’, mostrando el origen anal de las mismas. Curiosamente, el término utilizado por Freud en su original, para llamar a lo que se ha dado en traducir por ‘investidura’ es „ Besetzung“, que proviene de „setzen“ –sentarse, colocarse sentado– en este caso, a diferencia de „sitzen“ que responde a la declinación del dativo, corresponde al acusativo, vale decir, ‘con movimiento’, de modo concordante con el movimiento de libido que supone el interjuego dinámico de investiduras, desinvestiduras, sobreinvestiduras y contrainvestiduras. La „ Besetzung“ es el término que se utiliza también para hablar de ‘ocupación’ ya sea en las guerras, en un asiento o en el toilette, en que podrá leerse „besetzt“, cuando se encuentre ‘ ocupado’ (o investido).

La fantasía de incorporación, como es la “ introyección”, parecería ser un paso posible previo a la identificación del yo con el objeto, sin embargo, no siempre ni necesariamente desemboca el primero, en el segundo proceso. (Cf. “ El yo y el ello” cap. 3, 1923b)

Me resulta más interesante, en tal caso, la idea de la oralidad en términos “digestivos” (Garma, 1971), ya que considero que así se abre otra vía posible a la “metáfora oral”, que tan minuciosamente dirimen Winocur con Carrica, Onetto y Wever, que no se agota en la incorporación, sino en el proceso de “hacer propio” algo del objeto, por medio de la asimilación, en tanto “hacer similar”, “hacer semejante”. En este sentido, a diferencia de Abraham, quedaría la oralidad como paradigma inicial de un modo de tomar aspectos, características, o lo esencial mismo del objeto para hacerlo propio en el yo.

En 1939, en el “Moisés…”, Freud plantea el progreso de la cultura, justamente por la identificación, tratada como “proceso de pensar por encima de la percepción sensible [que] acredita un paso grávido de consecuencias”, refiriéndose al paso de la sociedad matriarcal a la sociedad patriarcal, o como también lo llama “un triunfo de la espiritualidad sobre la sensualidad ”, puesto que “ la maternidad es demostrada por el testimonio de los sentidos, mientras que la paternidad es un supuesto edificado sobre un razonamiento y sobre una premisa ”. (pp. 109 – 10) No olvidemos la sentencia del antiguo derecho romano “Mater certissima, Pater semper incertus“, ya evocado por Freud en una nota al pie de 1909, en el “Hombre de las Ratas”, en que comenta el nacimiento de Atena, diosa sin madre, que nace de la cabeza de Zeus. Vale decir, que regresa a aquellas ideas que tempranamente había ubicado con respecto a la identificación, como “modo de pensar” (Cf. supra, pp. 4; 9 y 13) habiendo atravesado otras líneas de pensamiento que pareciera haber abandonado posteriormente, más allá que muchas líneas psicoanalíticas posfreudianas apoyan sus teorizaciones en este período en que las derivas teóricas de Freud acerca de la identificación recibieran la influencia de colegas cercanos tales como las que acabo de citar, por parte de Abraham.

6. Una propuesta paradojal, a modo de conclusión: La oralidad como matriz simbólica potencial o un interjuego posible

A partir de las puntualizaciones realizadas, que considero ubican una línea de lectura posible de las ideas de Freud, en un intento de situar algunos de los conceptos cruciales del psicoanálisis, me gustaría dar un paso más acerca de los planteos realizados,“creando y hallando estos temas” a la vez (N. Lustgarten de Canteros, 1999, p. 695).

En las situaciones primarias del ser humano, encontramos la más probable simultaneidad de las situaciones vitales remitidas por los conceptos desarrollados anteriormente, tales como ‘ la identificación del objeto’, ‘la identificación’ –en tanto proceso con el objeto y con los contenidos representacionales inconscientes heredados–, ‘la confusión narcisista del yo con el objeto’, ‘el dolor por su pérdida’, ‘ la incipiente constitución del yo’,

la introyección’ y ‘la incorporación’. Luego de haberlos distinguido –al estilo del proceso inicial de la identificación del objeto– y dirimiendo el alcance que van teniendo a lo largo de la producción freudiana, propongo pensar la ‘oralidad’ (canibálica respecto del concepto rastreado), como matriz simbólica potencial, de otros procesos psíquicos, en este caso, en un interjuego con la identificación, tomado como movimiento tolerante de la paradoja. (Ver N. Lustgarten de Canteros, op. cit. p. 703)

Pienso este interjuego, coincidentemente con la propuesta de Noemí Lustgarten de Canteros (2005, p. 881), como “ utilización de una lógica que trascienda el binarismo”, no sin puntualizar, tal como hiciera anteriormente, las líneas de pensamiento a articular. De este modo, entiendo a la “incorporación que intenta lograr la identificación”, como propia de los procesos melancólicos, subsidiaria de la “ identificación narcisista”, modo “maníaco” de ser el objeto teniéndolo “in corpore” y producto más bien del fracaso de la identificación que de su logro.

La incorporación del alimento, en tanto elemento concreto del sustento de la autoconservación del organismo, conlleva el germen de procesos psicológicos, ‘símbólicos’, en la medida que empuja al aparato psíquico del neonato, luego de largas semanas de alimentación y oxigenación vía cordón umbilical e indiferenciada, respecto de su madre, a organizar un encuentro princeps de alteridades, simultáneamente que el cuerpo imita al inconsciente, o bien, intenta hacerlo. Entiendo esta potencialidad simbólica, en la medida que es un momento inaugural, el encuentro con el otro –en todas sus dimensiones– representante del isomorfismo psíquico del infans con ese sistema al que adviene, para comenzar a ser desplegado.

De este modo quedarán, probablemente para el resto de la vida, pequeños y grandes elementos recordatorios de esta situación (¿No es acaso el beso, un mordisco atenuado?19 ¿No son los “Symposien”, banquetes?)

Me apoyo parcialmente, para pensar estas conclusiones, en las ideas de Meltzer (1990), quien dice que Abraham describió desde un punto de vista corporal, un proceso psíquico, refiriéndose a la identificación.

Entiendo que un interjuego de la ‘incorporación’ con la ‘identificación’, es posible en ese encuentro originario del infans con el objeto alter. Ese otro es simultáneamente objeto de satisfacción y dador de amor: quien lo salva de una muerte segura, producto de su indefensión, siendo mecanismos diversos, tal como desarrollé supra, pero inaugurales de otros procesos, que podría llamar en su inicio, “psico-corporales”.20 Es en este sentido ‘incorporar’, introducción en el cuerpo del alimento y parte del otro asistente, junto con sus palabras, el contacto de su piel, su olor, su mirada y sus gestos, como condiciones para la subsistencia en medio de la citada indefensión absoluta, producto de la prematuración del ser humano al nacer. Podría ser así, sustituto mismo –aún ese acto concreto– de los procesos propios del desarrollo psíquico incipiente y no modo de realización de la identificación.

En este sentido, alguien que carezca de la “ creencia compartida” previa, por más que coma muchas hostias, no devendrá cristiano ni le sobrevendrá el convencimiento de la idea de la resurrección, como tampoco será más valiente por comer “corazón de león”. En tal caso la valentía pudo haber estado previamente, si tuvo que cazarlo él mismo, o habría sido necesaria la ya mencionada supra investidura previa del objeto, para que tal eficacia sea posible.

Siguiendo a Garma (1971), podría plantearse el modelo oral más que como realización de la identificación, como paradigma de ésta, en la medida que sea tomado el primero como “oral digestivo” (ver op. cit. p. 145). En este sentido, como paradigma, implica más que la mera incorporación. En la metáfora digestiva, queda planteado de modo corporal, la manera en que el organismo hace propios aspectos del objeto digerido, vía metabolización. En el grabado de Durero puede verse un gran bloque de piedra facetada que, podemos tomar como representación plástica de esa situación pesada, “difícil de digerir, como una piedra” (Garma, 1946).

La asimilación, en la medida que implica “hacer símil, semejante”, involucra ambos procesos en la equivocidad misma del término, “que entraña las dos significaciones” (Winocur 1996, p. 233), tanto la material y concreta como la del trabajo psíquico identificatorio desarrollado supra. Considero que ahí puede ubicarse un punto clave de la “paradoja” de la identificación como trabajo psíquico, muchas veces confundida en su conceptualización con la incorporación oral, pero que sin embargo en la idea de “asimilación” muestra una cara concreta, propia del modelo digestivo y otra de clara especificidad psíquica.

Es mi propuesta comprender estos procesos ya no como procesos separados, que artificialmente pueden ser diseccionados para su investigación o eventualmente transmisión didáctica, sino como una superficie topológica, al estilo de la célebre “banda de Moebius”, sin solución de continuidad entre un interior y un exterior discernibles en los albores del psiquismo y la constitución subjetiva.

En el desarrollo psíquico incipiente mencionado, entiendo que es posible encontrar un pensar originario concreto en el “ incorporar el alimento”, que podrá devenir en ‘modo melancólico’ de poseer al objeto, o bien precursor del ser, que llevará adelante ese camino de elaboración rítmica de alejamiento y del reencuentro con el otro.

A partir de la pérdida original que el nacimiento impone al ser indefenso, se empieza a alejar con dolor del narcisismo primordial, “ desde muy temprano, se extraña del yo y se vuelve a los objetos ” (Freud, 1916a [1915]).

Muy diverso será el camino, de acuerdo a la respuesta efectiva que de este otro –y su propio narcisismo– surja. Recordemos el espejo que encontraba el lago en los ojos de Narciso, para poder verse, según el poema en prosa de Oscar Wilde.

La historia de vivencias con el otro, ha de signar un camino significativo en el posicionamiento subjetivo respecto del objeto, la pérdida de origen y el derrotero a seguir.

Comienza entonces un largo proceso, la vida, que es también, como el análisis, un camino sinuoso para duelar una pérdida de origen, en que dependerá de ese otro que acuda a responder al grito, ese otro llamado, y de la cantidad de elementos propios de sus ‘series’, para constituirlo singular en el universo humano.

Bibliografía consultada y referida

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Notas

  1. Parte de este trabajo fue presentado en ingles en el congreso de IPA2019 y en el apartado de Comité de Cultura de IPA en ingles en el website de IPA
  2. Si bien en la traducción original figura “pesar”, considero que es más adecuado el término “duelo”, tal como estamos habituados a referirnos en español, cuando hablamos de „Trauer“. Ver al respecto, el apartado infra acerca de la “traducción
    como interés para la teoría”, (p.3).
  3. Diversas muestras de esta descripción de la mirada melancólica pueden encontrarse en obras plásticas a lo largo de la historia del arte, como por ejemplo el grabado de Albrecht Dürer, de 1514, „Melencolia I“, con la singular expresión del personaje
    principal.
  4. Agradezco en este punto, la idea de la ‘contienda entre instancias’, que me sugiriera la Lic. Alicia Carrica de Nicenboim, al comentarle el origen etimológico del término ‘duelo’.
  5. Hipócrates (470 – 370 a. C.) sostiene la teoría “de los cuatro humores”, según la cual el cuerpo humano está lleno de cuatro sustancias básicas, llamadas humores (líquidos), cuyo equilibrio indica el estado de salud de la persona. Así, todas las
    enfermedades y discapacidades resultarían de un exceso o un déficit de alguno de estos cuatro humores. Estos fueron identificados como bilis negra, bilis, flema y sangre. Tanto griegos y romanos como el resto de posteriores sociedades de Europa
    occidental que adoptaron y adaptaron la filosofía médica clásica, consideraban cada uno de los cuatro humores aumentaba o disminuía en función de la dieta y la actividad de cada individuo. Cuando un paciente sufría de superávit o desequilibrio
    de líquidos, entonces su personalidad y su salud se veían afectadas.
  6. Este término -„selbstbewußt“ / „Selbstbewußtsein“- que hoy día podría ser también traducido como “autoestima”, es similar en su significado, al que reaparecerá veintitrés años después, en “Duelo y melancolía”, como una diferencia fundamental entre
    estos dos cuadros „Ichgefühl“.
  7. Cf. p. 232, en que según Strachey, sería éste el registro más antiguo del término “libido” en los escritos de Freud
  8. En el original en alemán, „eingestellt“ (SA III, p. 199).
  9. Cita Strachey en este punto que esta idea parece haber sido expresada ya en Estudios sobre la histeria (1895d): Freud describe un proceso similar en su discusión del historial clínico de Elisabeth von R. (AE, 2, pp. 175 – 6).
  10. Cf. n. 8, p. 7
  11. El agregado a la traducción de Etcheverry es mío. En el original (SA III, p. 203) se puede leer: […] „Der Schatten des Objekts fiel so auf das Ich“ […]. „So“ –entonces; de este modo; así–, considero que es una referencia sintética –tal como normalmente
    se utiliza en alemán– a la idea próxima anterior: […] “la libido libre se retiró sobre el yo […] sirvió para establecer una identificación del yo con el objeto resignado” […]. López Ballesteros tradujo, a mi criterio, más ajustadamente al
    original […] “La sombra del objeto cayó así sobre el yo” […] (BN. 2, p. 2095)
  12. Tal como señala Strachey, unos años antes de este trabajo –Duelo y melancolía–, en 1910, había declarado Freud en el debate sobre el suicidio, en la Sociedad Psicoanalítica de Viena (Cf. 1910g, en AE, 11, p. 232) la importancia de comparar y diferenciar
    a la melancolía de los estados normales del duelo, diciendo que el problema psicológico allí involucrado era todavía insoluble. Recién con los conceptos de “narcisismo” y de “ideal del yo” pudo retomar el tema.
  13. El término utilizado por Freud es en el original alemán “Nebenmensch”, que podría traducirse como “ser humano”. Este término concita ambas posibles traducciones, tanto “el semejante” como “el prójimo”. Sin embargo en su conformación se encuentra
    la partícula “neben”, que puede traducirse como “contiguo”, “que está al lado”, “próximo”. (T. del A.)
  14. En este punto, evoco nuevamente mi gratitud hacia Jorge Winocur, quien en escritos anteriores al presente, quien durante la realización de los mismos me sugiriera esta idea, con su habitual agudeza y sentido del humor. (Cf. tb. Winocur et al,
    1989)
  15. Cf. n. 6 de la sección III de “El yo y el Ello” (1923b), AE., 19, p. 31
  16. Agradezco a Jorge Canteros, quien me sugiriera esta idea de “investidura necesaria”, para que pueda tener esa eficacia referida.
  17. Agradezco a Christian Lopardo su interés compartido, respecto de la correspondencia aquí citada, y el subrayado de algunas de las ideas de esta carta, puntualmente, a los fines de la corroboración de las ideas que planteo en el presente trabajo.
  18. Término acuñado por Ferenczi en 1909, que Freud comienza a utilizar en 1915. (Cf. p. 130, n. 2 y p. 239n)
  19. Idea que le gustaba reiterar a Jorge Winocur frecuentemente.
  20. Agradezco a la querida amiga y colega Noemí Lustgarten de Canteros la sugerencia que oportunamente me hiciera de este término, así como las sugerencias respecto de Ángel Garma en la línea de mi trabajo, para enriquecerlo, ayudándome a pensar estas
    ideas.
  21. The Disciple

    When Narcissus died the pool of his pleasure changed from a cup of sweet waters into a cup of salt tears, and the Oreads came weeping through the woodland that they might sing to the pool and give it comfort.

    And when they saw that the pool had changed from a cup of sweet waters into a cup of salt tears, they loosened the green tresses of their hair and cried to the pool and said, ‘We do not wonder that you should mourn in this manner for Narcissus, so beautiful
    was he.’ ‘But was Narcissus beautiful?’ said the pool. ‘Who should know that better than you?’ answered the Oreads. ‘Us did he ever pass by, but you he sought for, and would lie on your banks and look down at you, and in the mirror
    of your waters he would mirror his own beauty.’ And the pool answered, ‘But I loved Narcissus because, as he lay on my banks and looked down at me, in the mirror of his eyes I saw ever my own beauty mirrored.’

    El discípulo

    Cuando murió Narciso, el remanso de su placer se trocó de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, y llegaron llorando a través de los bosques las ninfas de las montañas, las oréades, para consolar al remanso con su canto. Y cuando vieron
    que el remanso se había trocado de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, soltaron las verdes trenzas de sus cabellos y gritando al remanso le dijeron: -No nos sorprende que hagas un duelo tal por Narciso, tan hermoso
    como era. -¿Era hermoso Narciso? –dijo el remanso. -¿Quién había se saberlo mejor que tú? –respondieron las ninfas-. A nosotras siempre nos desdeñaba, pero a ti te cortejaba, y solía recostarse en tus orillas e inclinarse a mirarte,
    y en el espejo de tus aguas reflejaba gustoso su belleza. Y el remanso respondió: -Pero yo amaba a narciso porque, cuando recostado en mis orillas se inclinaba a mirarme, en el espejo de sus ojos, veía mí propia belleza reflejada.