«Compulsión y castigo: análisis conjetural de un avatar.»

21/05/2019. Horario: 9:00 am - 10:45 am


Abierta a colegas de la institución, Actividad no arancelada, Trabajo libre


Ubicación: APA


Convoca



Autor: Dr. Félix Giménez Noble.

  • Discutidor por autor: Dr. Roberto Luis Rusconi.
  • Discutidor por Secretaría Científica: Dra. Adriana Sorrentini.
  • Coordina: Dra. Laura Yaser.

Trabajo

Compulsión y castigo: análisis conjetural de un avatar

El cacique

Lo que voy a contarte, querido amigo, puede poner en un aprieto la sensatez que te caracteriza. Por eso acudo a William Blake (Marriage of Heaven and Hell) para disculparme, y (de paso) ostentar algún respaldo:

“Si las puertas de la percepción estuvieran despejadas, cada cosa aparecería ante el hombre tal como es, infinita. Porque el hombre se ha encerrado hasta tal punto, que mira todas las cosas a través de las angostas hendiduras de su caverna.»

La historia comienza por un cuento de aparecidos, continúa con un intento de aplicar el psicoanálisis. Termina mal.

El mismísimo diablo le pondrá fin con una de sus zancadillas predilectas.

Es noche cerrada en la montaña. “Clair de lune”, sólo en las notas que nos escoltan mientras dejamos atrás el comedor y sus candelabros, y el piano. Claudio, que como todas las noches nos entrega la linterna recargada que nos permitirá encontrar el puente, cruzar el río y ascender hasta nuestra cabaña. Pero, o la oscuridad es especialmente profunda o Claudio se ha sintonizado esta vez con algo más oscuro.

Porque antes de despedirnos dice: cuidado con el cacique .

Historias como esa te quitan el sueño. El hallazgo del cuerpo enterrado de pie, un jefe indio que murió defendiendo el río; el río que cruzamos para irnos a dormir. El viento trae el olor metálico de las armaduras.

En mi duermevela veo a ese cuerpo medio desnudo y muy tenso, duro por todos lados, y elástico, ágil para el salto o la pirueta. La otra orilla sigue desierta.

Por ahora. Pero él sabe que vendrán.

La mañana siguiente, Claudio se sienta con nosotros en la terraza. Los patos desfilaban parpando hacia el río. Le dije que había estado pensando en el cacique, que me contara más.

“- Cuando compré la montaña ,” -comenzó Claudio- “lo más lindo de la semana eran los viernes; tomar algo y acostarse temprano porque el vuelo salía a la madrugada, el gaucho que me espera con la chata y subir la cuesta con las medialunas calentitas para el mate. Los pájaros siempre habían empezado a cantar antes. El río, desde siempre. Yo iba y venía a Buenos Aires. Tenía un auto aquí, y los fines de semana me tomaba el avión. Un día me llama el gaucho, que estaban haciendo un pozo junto al río para poner el motor de la bomba de agua, y que habían encontrado un cuerpo enterrado de pie , que cuando lo quisieron sacar, se desmoronó . Cuando llegué y pregunté dónde estaba, lo habían metido en una bolsa que colgaron en el galpón. Decían que era de un indio, un jefe, porque los enterraban de pie. Yo llevé la bolsa al Museo Antropológico de Córdoba, pero estaban refaccionando y no había quien me lo recibiera. Así que la bolsa volvió al galpón. Para esa época estábamos incómodos, el casco era más chico que ahora, y teníamos la impresión de que había otras presencias.”

-Otras presencias…-le pregunté.

“-Gente, gente fea, vestida rara, varios de nosotros coincidimos en una figura de una mujer vieja, con trapos, la vimos con Lucre muchas veces, siempre desconsolada, llorando”

-¿Cómo un fantasma?

“-Como un fantasma, pero como que esa gente rara estaba en otra escena, no hacían contacto con nosotros. Así que el gaucho me consiguió un shamán”

-¿De por aquí?

“-De un pueblo vecino. Vino, estuvo toda una tarde, y fue al pozo y nos dijo que sí, que había mucha gente, y que el cadáver era de un cacique Sanavirón que había muerto defendiendo el río”

-¿Te dijo de qué?

“-No. Eso era tierra de jesuitas y se supone que los soldados de Jufré tenían carta blanca con ellos”

-¿Él no podía hacer algo?

“-No, él sólo podía ver. Pero nos recomendó a una mujer que también vino, se quedó todo el día, y a la tardecita nos hizo sentar afuera y nos dijo que entre todos íbamos a visualizar un cono y que íbamos a ir buscando a cada una de esas personas y las íbamos a hacer entrar en el cono y así hicimos . La más vieja no quería, y es la que más costó. Pero al final… Bueno y después no volvimos a sentir esas sensaciones”

-¿Y el cacique?

“-Habían pasado algunos meses, y un día fui al galpón, estaba en una bolsa de arpillera y la bolsa tenía agujeros y estaba vacía. Alrededor había como un polvo

-¿Cenizas?

“-Posiblemente. Junté todo lo que pude y lo enterré. Y le pedí perdón”

-¿Ya habías tenido el accidente ?

“-No, el accidente fue después”

-Yo creía que habías comprado el campo y te habías ido de Buenos Aires como consecuencia del accidente.

“-No, me fui después del dos mil, cuando cerré la fábrica. Lo del accidente ocurrió años más tarde”

-Estuvieron internados como seis meses, pero nunca me contaste cómo fue…

“-En Panamericana, a la altura de Zárate veníamos detrás de un camión con acoplado y se le suelta el acoplado y se cruza en todos los carriles y se me viene encima . La cosa viene en bajada, se agranda excediendo el parabrisas. Ahora entiendo lo que veo y no puedo creer: es el acoplado de un camión, un prisma de acero gigante que esplende bajo el sol. Se ha soltado y lo tengo encima y me voy a morir. ¡Yo lo veo y pienso que no puedo hacer nada y que me voy a morir! El capot se levanta despacio y después veo una luz amarilla, y escucho a Lucre que llora . Y entonces, pensé o no sé, es como que soñé que hablaba y decía: menudo premio, gracias Señora Providencia. Y hablando de mi cuerpo, ¿me habrá dejado algo? Que usted no necesite, claro. Tal vez, digo, después de la explosión amarilla, del mazazo que me dio, Señora Providencia, por qué no podré hablarle a Dios como cualquier ser humano, agradecerle o suplicarle que me haya dejado aunque sea una mano sana . Porque… Está bien, los pensamientos son conciencia, algo soy, pero ¿qué? No es ese estado mío en el que voy del casco al río, a fumar y a escuchar el agua que canta entre las piedras . Cuando abro los ojos, no puedo moverme porque el cubículo se achicó todo, estoy como embutido y ni siquiera puedo verla a Lucrecia porque no puedo girar el cuerpo. La llamo y no me contesta, solamente llora. Entonces empieza a tirarme contra mi puerta, la abro un poco y salgo con la pierna izquierda, pero cuando quiero incorporarme sobre la derecha, como que no tenía pierna, y me desmoroné . Desde el suelo veo fuego debajo del auto. Alguien que me dice que no me puede levantar, si no me podés levantar, arrastrame, le pido, y me arrastró. Ayúdenla a ella, grito. Mientras me alejan, veo que la sacan a Lucre por la puerta mía, y el auto, explotó.”

-¿Y los incendios ?

“-Los incendios qué…”

-¿Cuándo fueron, cómo ocurrió?

“-Fueron varios, como una racha, no se sabe cómo empezaron… Después que nos dieron el alta y volvimos acá. Empezaban de noche y avanzaban por cuenta propia, a veces sin viento. Estuvimos semanas haciendo zanjas y durmiendo con un ojo abierto. No nos dejaban vivir Nos sentíamos sitiados

-Como Jufré y sus soldados que exterminaron a los Sanavirones y le quitaron la vida al cacique. Cuando compraste la montaña , te hiciste del bando de Jufré, ambos se la arrebataron a sus dueños originarios. Pero no solamente te hiciste dueño del terreno, sino de algo que no figuraba en la escritura: los sucesos que acontecieron aquí. No sabías que el jefe enterrado de pie aún seguía defendiendo el río y poblando con su estirpe el territorio que les pertenecía, esa gente fea, vestida rara, la figura de una mujer vieja, con trapos, esa gente rara que estaba en otra escena, que no hacía contacto con ustedes. Hasta que tu gaucho desalojó al cacique de su último baluarte , condenándolos a volver a morir. En represalia, ellos no los dejaban vivir a ustedes.

Te confieso, consecuente lector, que yo mismo me sorprendí de la atención que me prestó Claudio, y del interés que motivó las preguntas que siguieron.

“-Y por qué me preguntaste lo del accidente”

-Por tu remordimiento. Algo te hizo pedirle perdón. Pero ese descargo no fue suficiente. Escondida para tu conciencia, la responsabilidad moral por el exterminio que hiciste –pulverizar al cacique y hacer entrar a su tribu en el cono para desaparecerlas- reclamaba un acto de expiación que te consustanciara todo lo posible con tu muerto principal.

“-¿Vivir su… No sé. ¿Su pelea?”

-Más que eso. Vivir sus muertes. Cuando nos contaste el accidente “el acoplado que se cruza en todos los carriles y se te viene encima” , como los soldados de Jufré, descendiendo por la montaña. La cosa viene en bajada, ocupa el ancho de la autopista (el río) que –en este trecho, se eleva. La cosa, un prisma de acero gigante que esplende bajo el sol (los soldados en sus trajes de hierro que se acercan) se agranda.” Vos lo ves y pensás que no podés hacer nada y que te vas a morir . “Era algo enorme, imparable, y venía hacia vos. Último amanecer en el campo, el olor metálico (las armaduras) del río.”

“-El choque… ¿Vos decís que fue él, el cacique?”

-Interpretarlo como una maldición no explica mucho. Sería un intento de personalizar la tragedia. No se trata de lo que ‘vos le hiciste al cacique y cómo él te lo hizo pagar’. Aquí, es más importante la trama que los que la protagonizan.

“-Lo del cacique y el accidente es lo mismo?”

-La vicisitud. Hay un acto heroico, un jefe indio, humano, que –aún sabiendo que va a fracasar, desafía el destino que le imponen los dioses. Sabe que no va a poder vencer a los soldados. Sabe que va a morir. Hay una mujer que llora porque también lo sabe. Quizá llora porque es la madre, pero también porque muerto el salvador, deben darse por perdidos, tienen que entrar en el cono en el que desaparecerán.

“-Pero el indio y la mujer que llora, la matanza, sucedió hace mucho. Lo del cono, el exorcismo –digamos- pasó cuando se produjeron las apariciones.”

-Mirá Claudio, pongámoslo en estos términos: las vicisitudes están siempre, son un componente de la humanidad. No se las ve, pero están en un estado… latente, esperando cobrar forma; realizarse. A ésta en especial, los antiguos la llamaron destino, el verdadero personaje central de las tragedias, aquello que hace desaparecer la importancia que pueda tener una persona. Así como ustedes hicieron entrar a esas presencias en el cono, así entraron ustedes en la vicisitud. Algo los llevó a ella.

“-¿Nos caímos en ella, en eso, en esa… vicisitud?”

-Algo así…

“-Yo, que tengo que enfrentar algo superior a mis fuerzas, que me va a matar, que hace llorar a Lucrecia, es como si, como si hubiéramos nacido de nuevo… Pero ¿Por qué? No tengo nada de héroe. ¿Por qué nos pasó a nosotros?”

-Eso es difícil de saber. Lo que no está en nuestra lógica permanece desconocido… Igual… Hay algo; nos falta lo del fuego debajo del auto

“-El choque, se derramó combustible”

-¿Y el fuego de los incendios? Hay un cuento de un escritor conocido cuyo título es un juego de palabras con el fuego, y –casualmente- Lucrecia es prima hermana de él

-(Menciona el título) “Es de un gladiador… Ahora me acuerdo que también, cuando los incendios no paraban, fui a ver a una adivina que me preguntó si yo sabía por qué era zurdo”

-…

“-Parece que mi apellido corresponde a un tal Escévola (zurdo, en castellano) que en la temprana República salvó a Roma de un ataque de los Etruscos.”

-Un salvador

“-Roma estaba sitiada por Porcena, aliado de Tarquino que había sido expulsado, y ‘mi supuesto antepasado’, un ciudadano romano, cruzó el Tíber a nado para matarlo, pero se equivocó y apuñaló a un secretario que estaba pagando a las tropas. Fue apresado y cuando lo interrogaron amenazándolo con quemarlo vivo, puso su mano derecha en el f uego para demostrar que él y todos los romanos estaban dispuestos a desafiar el dolor y a morir por Roma. Impresionado, el rey de Clusium, lo dejó en libertad, levantó el sitio y envió embajadores al senado.”

-El precio fue el sacrificio de Escévola

“-Ese es el sobrenombre que le quedó a sus descendientes. A él, el Senado le donó tierras del otro lado del Tíber”

-En una de las colinas

-“¿La montaña? ¿Mi montaña?”

-Montaña, montaña, tampoco es muy alto esto…

Claudio quería seguir hablando, pero nos llamaron a almorzar. Y se sabe que el asado hay que comerlo en su punto justo.

1.- Información complementaria

Claudio fue un industrial exitoso. Estaba casado cuando inició una relación con su secretaria, Lucrecia. Después de divorciarse, tuvo tres hijos con ella, hoy, adultos. De su madre, no hay datos. Pero las escasas ocasiones en que se refiere a su padre, ya octogenario, transfiere una vivencia de distancia y extrañamiento, una ausencia de ‘contacto’. El hombre vive en un pueblo vecino, en la casa de ‘una señora’, y cuando Claudio lo lleva a la estancia para las Fiestas u alguna otra ocasión, se reitera entre ambos, ese sentimiento de separatidad entre ambos. En varias ocasiones Claudio se vio obligado a rescatarlo de situaciones de apremio, lo cual parece haber contribuido a sostener el malestar entre ambos.

Lucrecia es una profesional entusiasta que administra la estancia y se ha hecho responsable de un emprendimiento destinado a mejorar la calidad de vida de personas minusválidas de la región. Es descendiente de una de las dos familias que tuvo su abuelo paterno, Jean Dubois. Hijo de Marcel Dubois, destacado comerciante radicado en Buenos Aires a fines del siglo diecinueve, Jean, prestigioso joven de la aristocracia porteña, mantiene un romance con su secretaria Victoria hasta que el progreso de su embarazo deja al descubierto la relación. En 1894 nace María Emilia, a quien Jean reconoce y le da su apellido. Jean Contraerá matrimonio dos años después con otra mujer, Clelia, quien le daría cinco hijos. Uno de ellos es Raimundo Dubois, papá de Lucrecia y sus hermanos; una de ellas, Amelia, con capacidades especiales. La primera hija del abuelo Jean con su secretaria Victoria, -María Emilia-, contrae un matrimonio del que nacerán Chiche (el escritor) y Bibi. Aunque más tarde vivirá parte de su infancia y juventud en la Argentina, Chiche (conocido por su apellido paterno, pero de madre Dubois) nace ocasionalmente en Europa. En 1915 Jean Dubois (abuelo de Lucrecia y de Chiche) viaja a Europa para conocer a los nietos de su ‘otra’ familia. En febrero de 1916 se embarca de regreso a la Argentina. “El barco chocó contra un arrecife que abrió una herida mortal en el casco. En diez minutos el barco se hundió. Clelia –quien transitaba el embarazo de su quinto hijo- y María Emilia, se habían convertido en viudas. Luis Dubois murió a mitad de camino entre sus dos amores. En Buenos Aires quedaron Clelia –que lloró sin parar un mes seguido, y sus cinco hijos (Raimundo, padre de Lucrecia entre ellos). En Europa, María Emilia y sus hijos: Chiche y Bibi. Años más tarde, su nieto Chiche (malquistado con su padre por haber abandonado a su madre) evocó a su abuelo en alguno de sus escritos cuando él ya era conocido por su nombre verdadero.”

2.- Valor semiológico de la genealogía

La herencia psíquica arcaica contiene los sucesos motivados por el deseo y el miedo, el amor y el odio, y la envidia y la culpa en la historia viviente de la humanidad. Los enfrentamientos (entre los sexos o entre las generaciones), los celos y rivalidades circunstancian, en cada caso los avatares tanto más angustiosos como ilustrativos de los ardides pergeñados por el hombre para superarlos. En términos generales, estos actos realmente acontecidos configuran las fantasías inconscientes, que se transfieren -vía fijación- al acervo hereditario configurando la disposición. Dichas estructuras son estimadas por Freud como ‘esquemas’ psíquicos, comunes a la humanidad, y (esto es el secreto de su eficacia) que conservan la propiedad de imponerse al vivenciar individual. Así, ‘la escena primaria’ o los diferentes destinos del “Zwäng” /Avatar edípico –celos, parri-filicidio, incesto- protegidos por los fueros que les confieren lo pulsional-ello, permanecen intactos en su accionar potencial en todas las generaciones. La comprobación es irrefutable: las vivencias reiteradas generación tras generación se han grabado en la sustancia biológica que es el vehículo de la trasmisión hereditaria.

3.- Fundamentos para la interpretación de un avatar

* El real acontecido

Un avatar puede ser vivenciado, presenciado, o referido por un tercero. Pero, a diferencia de una situación analítica, en la que los fenómenos de transferencia pueden ser convocados y –por lo tanto- interpretados por la persona del analista, el avatar demuestra su autarquía en los hechos acontecidos.

* El protagonismo en la neurosis

En el avatar, nunca debe buscarse el protagonismo inconsciente de quien lo sufre o lo narra según el método psicoanalítico convencional. El mismo debe aplicarse exclusivamente a las neurosis de transferencia.

* La técnica psicoanalítica de las neurosis de transferencia

La técnica psicoanalítica pesquisa y descompone las tentativas de elaboración de la psique -sean éstas, transferencias, sueños, o actos según el sentido que ofrece la vía metafórica. Su seguridad radica en la siempre diferencia entre el signo y la cosa significada, lo cual propende a consolidar el juicio de realidad perturbado por la defensa neurótica, originada en el yo y de etiología antiálgica.

* El protagonismo en la compulsión de destino

En la tragedia de Sófocles “Edipo Rey” el protagonista principal es el Destino; es decir, un avatar. “Eso mismoque el psicoanálisis revela en los fenómenos de transferencia de los neuróticos puede reencontrarse también en la vida de personas no neuróticas. En estas hace la impresión de un destino que las persiguiera, de un sesgo demoníaco en su vivenciar…” “La compulsión que así se exterioriza no es diferente de la compulsión de repetición de los neuróticos,a pesar que tales personas nunca han presentado los signos de un conflicto neurótico tramitado mediante la formación de síntomas.”

“Nos sorprenden mucho más los casos en que la persona parece vivenciar pasivamente algo sustraído a su poder, a despecho de lo cual vivencia, una y otra vez la repetición del mismo destino.” Edipo, Yocasta, Layo, Claudio, Lucrecia.

* La compulsión en la neurosis y en la resistencia del ello

En la neurosis, la compulsión permanece tanto como rémora de lo reprimido, como también con actividad independiente en la resistencia que Freud llamó del ello, o resistencia de lo inconsciente. En el primer caso, es responsable de que el yo se manifieste obstinado en la represión; en la segunda alternativa, ‘reina’ al estado puro, en pos de vicisitudes que satisfagan las necesidades sexuales del ello. Por lo general adquieren forma de avatares; sucesos en que lo pulsional-ello se hace presente desenfrenado y, por lo tanto, disgregante. Sin la personificación y desexualización que solamente el yo puede ofrecerle a la pulsión incesto-criminosa, la destructividad se impersonaliza en el avatar. La tragedia eclipsa a los protagonistas, la compulsión regula el destino pulsional configurando, al mismo tiempo, el destino de los seres y de las cosas involucrados en el avatar. El accidente de Claudio y Lucrecia, los incendios en el campo.

* La compulsión en la necesidad de castigo

La otra resistencia que –como la compulsión de repetición- no es producto del yo inconsciente, es la enigmática –por Freud llamada- necesidad de castigo o ‘sentimiento’ inconsciente de culpa. La intensidad y alcance de dicha resistencia dependen del monto de destructividad pulsional proveniente del superyó inconsciente; superyó que hunde sus raíces en el ello. En la ‘inconsciencia de culpa’ el poder que al superyó le da la inclinación a la vigilancia, se desborda como implacable severidad hacia el yo, a la manera de una reacción taliónica.

Las adquisiciones filogenéticas del ello son un acopio de repeticiones regida por la compulsión que forma parte de las necesidades pulsionales básicas de cada individuo:matar al padre, comerse a los hermanos y ayuntarse con la madre. Dichos sedimentos de anteriores formaciones yoicas se regeneran por medio de la fijación de las pulsiones a la represión, la cual se repite en el individuo de cada generación y que da -en consecuencia-, la disposición a reproducir un cuadro arcaico: la neurosis –como complejización y dramatización- que el hombre erige como defensa para enfrentar el destino pulsional trágico.

El parricidio e incesto consecuente, en la filogenia, tiene fueros protectores. Esos crímenes perviven desde siempre, desentendidos de cualquier legalidad. Es que se trata de actos de yoes anteriores que -al devenir filogenéticos, resultan incategorizables. Pero durante la génesis del superyó, la introyección de los primeros objetos de las mociones libidinosas del ello, la pareja parental, impone el peaje de la desexualización. Las intenciones pulsionales del ello hacia el objeto-madre y el objeto-padre sufren un desarme: deponer las investiduras sexual-incestuosas equivale a reconocer su capacidad criminosa. ’Enterado’ del peligro, el yo se apodera de la severidad y la inclinación al castigo de los objetos parentales que ha hecho suyos para darle vida a una instancia moral capaz de evitar la tragedia. El superyó nace entonces, ‘sabiendo de la escena trágico-incestuosa’ pero con la misión de desconocerla, olvidarla, negarla o desmentirla. Por eso el aura que no lo abandona, tiene figuración en la Ley del Talión, la consigna ineludible: -desde ‘daño por daño’, hasta ‘muerte por muerte’. Pero si bien la meta pulsional se conserva como activa, el objeto de la destructividad resulta la mar de contingencial –siempre y cuando rezume algún eslabón hereditario que vincule los yoes de los ascendientes ‘culpables’ con el yo actual.

Esta resistencia, afín al ello, ejecuta sus designios mediante el Zwäng apuntando al yo como objeto único de la moción injuriante. Se diría que, a pesar de su aparente deconexión con el yo, la compulsión al castigo manifiesta una ‘orientación’ objetal clara. El vuelco de la ferocidad del súper yo sobre el yo es el estigma de su pecado: el ‘desarme’ o despojo de la satisfacción sexual incesto-criminosa.

Las puntualizaciones que preceden, amigo lector, nos alinean en dos consideraciones: la necesidad de castigo se dirige con exclusividad al yo como objeto, cual figuración arcaica de una venganza; es una vicisitud de la ontogenia. El yo desconoce el motivo, pero es el culpable . En el caso de la compulsión de destino , lo pulsional-ello desconoce la identidad ontogenética de los yoes involucrados, existiendo –empero- una condición de identidad: la culpa no está en el individuo sino en su sangre . El yo de Claudio : Claudio no es su presunto antepasado Escévola que se rebeló contra un rey (padre) pero destronó a otro rey (el cacique) y tuvo comercio sexual clandestino (con su secretaria Lucrecia). El yo de Lucrecia : Lucrecia no es su abuelo Jean, pero deviene anexada a la vicisitud incestuosa ocupando el lugar de la secretaria de su abuelo, Victoria (Claudio estaba casado cuando inició una relación con su secretaria Lucrecia).

En la mayoría de los casos, ambas resistencias, aunque de distinto origen, se presentan en principio amalgamadas por su carácter impersonalizable. El predominio de cada una en dicho juego de fuerzas sólo se podrá inferir del análisis de cada caso singular.

4.- Técnica y pensamiento mágico

*Identidad de percepción: desconocedor de los principios de identidad y de no contradicción, el pensar alógico analoga el signo con la cosa significada. Es el modelo del sueño, cuyas figuraciones imaginarias no aluden, sino que subrogan la significación.

*Juicio de realidad: el signo no es la cosa significada. El pensamiento lógico no puede dejar de reconocer la alusión a la semejanza: el lobo como metáfora del padre, sin miedo a confundirlos.

*Interpretación psicoanalítica:

Consiste en desentrañar de un producto psíquico (resultante) la trama subyacente de fantasías inconscientes que lo condicionan. “Observar
el contexto, considerar los detalles y enfocar cualquier hecho particular como parte de un proceso evolutivo.” Los detalles de un sueño –como puntos de articulación- delatan la debilidad de la resistencia frente a la permanente amenaza de irrupción de los contenidos inconscientes (retorno de lo reprimido) y que representan por tanto, zonas más asequibles a la interpretación.

*Técnica y neurosis de transferencia:

En el análisis de las psiconeurosis, -caracterizadas por las representaciones reprimidas inconciliables con la conciencia- se produce un fenómeno (descubierto en el análisis, pero de índole universal) llamado transferencia o desplazamiento de los contenidos reprimidos hacia la representación analista. Así las mociones pulsionales frustradas por la represión, dan vida a la figuración de cumplimiento de deseo que ‘promete’ la representación analista. Las mociones reprimidas por el yo inconsciente del paciente insisten -por la fijación tenaz conseguida por la compulsión de repetición- en revivir impresiones instauradas en las relaciones con los objetos primarios. Aspiraciones y conductas inviables configuran el variado repertorio de insistencia con el que se vuelve a pedir –se repite- lo que no se consiguió; esta vez, con el analista.

*Las lógicas del método:

En las neurosis de transferencia las ideas que fundamentan la
técnica y que no encuentran contradicción entre ellas son: la idea yo, la idea representación, la idea represión, la idea lo reprimido inconsciente, la idea olvido, la
idea trauma, la idea sexualidad, la idea síntoma.

Cada uno de estos conceptos sostiene a todos los demás. No haytrauma sin efracción de la barrera antiestímulos del yo. Represión es como el yo se defiende huyendo, poniendo distancia entre él y la representación. Lo intolerable es la
aspiración sexual. Síntoma es una falla en el mecanismo de represión. Inconsciente, olvido son una metáfora del desconocimiento del yo.

El sostén básico de la técnica psicoanalítica en la que estamos entrenados es el resultado de la coherencia de estas ideas. Su objetivo es resetear al yo para que recupere las propiedades de autoconservación y sexuales, que empeñó en su defensa ante lo pulsional-ello.

Es gracias a que el analista es incluido como síntoma, que, desde el corazón de la misma defensa o compartiendo la huída, formula ideas con palabras, representaciones que forman parte de un ‘idioma’, que el yo del paciente está capacitado para comprender porque las ‘re-conoce’.

Revisemos este diálogo:

“-Ojo, yo estoy bien. Me estudiaron todo, tengo los by-pass hace veinte años, la presión controlada, todo parece estar bien

-Demasiado bien

-¿?

-Viajó cómodo, tuvo la satisfacción de conocer al biznieto. Beti, ella en cambio, no

-Usted dice por el sueño, como que me viene a reclamar

-Más que a reclamar, a hacerle daño. En el sueño está muy asustado. La presencia de ella lo amenaza. Menos mal que pudo construír ese sueño

-¿Por qué? ¡Si fue aterrador, horrible!…”

En este diálogo hay entendimiento. El paciente comprende que él ha figurado en su sueño, a su mujer muerta para personificar la acusación que sufre por haberla sobrevivido. También descubre que el sufrimiento vivenciado durante el sueño es una de las defensas erigidas por la neurosis ante el acoso de la compulsión a la expiación que la culpa exige.

Lo pulsional, mal o bien gobernado por el yo, ‘erige’ al mundo como ‘personal’; causas y efectos provienen de sí o de su semejante. Dicha vida se desarrolla en el ámbito de una lógica formal representable por palabras. Es esta visión en la que se desarrolló el psicoanálisis.

Pero hay un más allá, un otro mundo allende las formas en el que el tiempo
no pasa y los muertos no difieren de los vivos: el mundo del {Zwäng}.

*¿Análisis? ¿De un avatar? ¿Con qué objeto? Y ¿Cómo?

Las tres primeras preguntas las podemos contestar de común acuerdo, consecuente lector, vos y yo.

¿Por qué ‘analizar’ un avatar, algo aparentemente ineludible (además de consumado)? Tal vez porque los acontecimientos por fuera de nuestro dominio simplemente suceden y a nosotros, el desconocimiento nos resulta insoportable: algo tenemos que comprender (o creer que comprendemos). Es parte de ser humano (o algo así…).

¿Para qué? Quizá nos enseñe algo que nos permita saber más acerca de nuestra sed de vivir y las trampas que nos hacemos en nuestros solitarios.

En cuanto al ‘cómo’, de lo único que estamos seguros es de lo que no nos sirve. No hay el yo de un paciente ni sus defensas. No hay represión ni historia. No hay espacio ni tiempo. Avatar es el suceso singular que deviene representación del doblegamiento y capitulación de los yoes de los seres involucrados en él, ante el poder del {Zwäng} (Jean Dubois, su nieta Lucrecia, su marido Claudio) A cada uno de ellos, (como a Layo, Edipo y Yocasta) el {Zwäng} lo encontró por diferentes caminos).

El pretérito pulsional reside en las imágenes y su libertad irrestricta responde a las propiedades que nutren el mundo de los sueños. En ellos “lo semejante produce lo semejante (los efectos semejan a sus causas)” y “las cosas que una vez estuvieron en contacto se afectan recíprocamente a
distancia, aún después de haber sido cortado todo contacto físico.”

Así ‘mirado’, Escévola, el Cacique y Claudio son reconocibles como individua pero con una categoría ética que los aúna frente a la humanidad: la pasión en común que los consustancia con el fracaso y la caída. La identidad mítica eclipsa su condición humana; son hombres –dioses en su proyecto de vida- que siguen siendo hombres en su solidaridad y lealtad para con su origen. “El héroe, después de alcanzar, a través de la “pasión” de su vida, la muerte violenta a manos de sus inexorables enemigos –el destino y la ciega necesidad-, resucita como espíritu benévolo y poderoso, para seguir operando desde su tumba convertida en templo sagrado, su benéfica acción a favor del grupo que le dio origen.* Lo cual significa que, ni siquiera después de la promoción a dios, consecutiva a su muerte, deja de seguir luchando por la causa de los seres a los que perteneció en vida.”

*Algunos de los caminos del {Zwäng} en este avatar

*Escévola, que burla el sitio de Roma atravesando el río a
nado para matar a Porcena. Por su fracaso es condenado a muerte pero él se quema (se castra) la mano para demostrar que –como él- todo su pueblo estaría dispuesto a dar la vida por su libertad.

*El Cacique Sanaviron, muerto a manos de sus inexorables enemigos defendiendo el río, enterrado de pie para seguir defendiendo a los suyos en su territorio, resucitado para exterminar al invasor.

*Claudio, invasor como heredero de los conquistadores ( “Cuando compré la montaña”) y –a la vez- defensor de su territorio como reecarnación de Escévola (“Y entonces, pensé o no sé, es como que soñé que hablaba y decía: menudo premio, gracias Señora Providencia. Y hablando de mi cuerpo, ¿me habrá dejado algo? Que usted no necesite, claro. Tal vez, digo, después de la explosión amarilla, del mazazo que me dio, Señora Providencia, por qué no podré hablarle a Dios como cualquier ser humano, agradecerle o suplicarle que me haya dejado aunque sea una mano sana.” ) casi muerto por el acoplado de metal (las armaduras de los conquistadores) en la carretera (“ ¡Yo lo veo y pienso que no puedo hacer nada y que me voy a morir!”). Señor, en suma –como dueño de la montaña y espantador de fantasmas- y esclavo de los incendios (“No nos dejaban vivir… Nos sentíamos sitiados”).

*Ejemplos de la ley de similaridad de los procesos pulsionales primarios

Lo semejante produce lo semejante :

  • El río Tíber de Roma, el río de el Cacique (hoy, de Claudio), la carretera a la altura de Zárate, contigua al río Paraná, son el mismo río.
  • El llanto de la mujer de las apariciones y elllanto de Lucrecia en el accidente, son el mismo llanto.
  • El choque del barco en que viajaba Jean Dubois (abuelo de Lucrecia) contra un arrecife y el choque de Claudio contra el acoplado son el mismo choque.
  • La relación clandestina de Jean con su secretaria Victoria y la relación clandestina de Claudio con su secretaria Lucrecia, son la misma relación.

Como se ve en estos ejemplos, la ley de la similaridad afecta por igual a cosas (río), manifestaciones emocionales (llanto), ocasionamientos (choque), conductas, (relación transgresiva). Dicha propiedad ‘imitativa’ o mimesis, denuncia una modalidad primitiva de ‘intento de fijación’ de lo pulsional-ello prescindente de la participación yoica.

*Ejemplos de la ley de contaminación de los procesos pulsionales primarios

Las cosas que alguna vez estuvieron en contacto siguen ejerciendo cierta acción recíproca aún a distancia, cuando ya el contacto entre ambas hubiera cesado:

-Lo ‘escevola’ (zurdo) del héroe romano de fines del siglo VI a.c. lo implica a Claudio a favor de una disposición inconsciente al sacrificio condicionada por su indomeñable rebeldía frente al padre. “Pero las escasas ocasiones en que se refiere a su padre, ya octogenario, transfiere una vivencia de distancia y extrañamiento, una ausencia de ‘contacto’. El hombre vive en un pueblo vecino, en la casa de ‘una señora’, y cuando Claudio lo lleva a la estancia para las Fiestas u alguna otra ocasión, se reitera entre ambos, ese sentimiento de separatidad entre ambos. En varias ocasiones Claudio se vio obligado a rescatarlo de situaciones de apremio, lo cual parece haber contribuido a sostener el malestar entre ambos.” El Escévola romano desafió a Porcena, Rey de Closium (padre todopoderoso) y el precio fueron su castración y tornarse legendario.


De mi diálogo con Claudio: “…no solamente te hiciste dueño del terreno, sino de algo que no figuraba en la escritura: los sucesos que acontecieron aquí. No sabías que el jefe enterrado de pie aún seguía defendiendo el río y poblando con su estirpe el territorio que les pertenecía, esa gente fea, vestida rara, la figura de una mujer vieja, con trapos, esa gente rara que estaba en otra escena, que no hacía contacto con ustedes. Hasta que tu gaucho desalojó al cacique de su último baluarte , condenándolos a volver a morir. En represalia, ellos no los dejaban vivir a ustedes.

– De mi diálogo con Claudio: “ Como Jufré y sus soldados que exterminaron a los Sanavirones y le quitaron la vida al cacique. Cuando compraste la montaña , te hiciste del bando de Jufré, ambos se la arrebataron a sus dueños originarios. . Escondida para tu conciencia, la responsabilidad moral por el exterminio que hiciste –pulverizar al cacique y hacer entrar a su tribu en el cono para desaparecerlas- reclamaba un acto de expiación que te consustanciara todo lo posible con tu muerto principal.

-¿Vivir su… No sé. ¿Su pelea?

-Más que eso. Vivir sus muertes . Cuando nos contaste el accidente “el acoplado que se cruza en todos los carriles y se te viene encima” , como los soldados de Jufré, descendiendo por la montaña. La cosa viene en bajada, ocupa el ancho de la autopista (el río) que –en este trecho, se eleva. La cosa, un prisma de acero gigante que esplende bajo el sol (los soldados en sus trajes de hierro que se acercan) se agranda. Vos lo ves y pensás que no podés hacer nada y que te vas a morir . Era algo enorme, imparable, y venía hacia vos. Último amanecer en el campo, el olor metálico (las armaduras) del río.”

-El llanto de Clelia –quien, ante la pérdida de Jean lloró sin parar un mes seguido, continúa en esa mujer vieja de las apariciones (presunta madre de el Cacique) y reaparece en Lucrecia durante el accidente.

-El accidente de Claudio revive, para el hombre, la angustia más insoportable: el pánico al encierro sin salida: Escévola, hecho prisionero por Porcena, camino al cadalso, Jean Dubois, ahogándose en su propio camarote, Claudio ‘embutido’ en los restos del auto que lo aprisionan, desmoronándose luego –cuando lo sacan- como el Cacique, al ser privado de su tumba que lo mantenía de pie. Y para la mujer, la pérdida de lo que alguna vez fue parte de su cuerpo; el hijo o el pene que la completó.

5. Colofón

Como te advertí al principio, lector perseverante, esta historia termina mal, aunque ahora que lo pienso de nuevo… tal vez no tal mal para el psicoanálisis. Vos dirás.

Por mi parte, solo me resta anoticiarte del final.

Ocurrió el último día de nuestra estancia en el campo de Lucrecia y Claudio. Era una mañana radiante. Como habitualmente lo hacíamos, emprendimos –mi esposa y yo- el descenso de la ladera para ir a desayunar al casco. En el tramo final, a la vista del puente que cruza el río, pisé una piña caída y me desmoroné. Si mi mujer no me hubiera sostenido, habría rodado posiblemente, hasta abajo. Supe que me había roto el piey lo primero que pensé fue en unos {Escévola}, {el Cacique}, {Jean Dubois} y {Claudio} -devenidos ominosos- que me daban la bienvenida: “Bienvenido , Félix . Entrá por tu propia voluntad y dejá algo de la felicidad que traés.”

“El hecho nuevo y asombroso que ahora debemos describir es que la compulsión de repetición devuelve también vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer.” “Este ‘eterno retorno de lo igual’ nos asombra poco cuando se trata de una conducta activa de tales personas y podemos descubrir el rasgo de carácter que permanece igual en ellas, exteriorizándose forzosamente en la exteriorización de idénticas vivencias. Nos sorprenden mucho más los casos en que las personas parecen vivenciar pasivamente, algo sustraído a su poder, a despecho de lo cual vivencia una y otra vez la repetición del mismo destino.”

“Debemos librar combate contra cinco clases de resistencia, que provienen de tres lados, a saber: del yo, del ello y del superyó, demostrando ser el yo, la fuente de tres formas de ella, diversas por su dinámica.” (…) “En cuanto a la cuarta clase de resistencia, la del ello, acabamos de hacerla responsable de la necesidad de la reelaboración {Durchärbeiten}. La quinta resistencia, la del superyó, discernida en último término, y que es la más oscura pero no siempre la más débil, parece brotar de la conciencia de culpa o necesidad de castigo; se opone a todo éxito, y, por tanto, también a la curación mediante el análisis.”

Lo que dice nuestro Maestro, no deja lugar a dudas. La compulsión de repetición y la necesidad de castigo representan el máximo desafío del análisis, porque –si bien sus efectos se despeñan contra las personas, no existe sujeto de análisis. Ambas resistencias son –seguramente sinérgicas- pero absolutamente impersonalizables. Tal propiedad permite considerarlas como entidades funcionales de un avatar, la clase de vicisitud cuyo empeño es oponerse a Eros.

*Del lugar del analista

El analista incapaz de superar sus propias resistencias no puede analizar una psiconeurosis. Para el caso del análisis de aquellas resistencias cuya voracidad pulsional denuncia la falta de objeto, el ‘Historial’ de El Cacique nos ilustra acerca una condición otra.

El analista de un avatar solo puede ‘hacer contacto’ mediante identificaciones directas, única conexión con las protofantasías pulsionales del ello, y marginaria al derrotero de las fijaciones y ulterior representabilidad. Se trataría de introyecciones precoces en un ‘sincicio’ inconsciente anterior a la discriminación yo-no yo. (Escévola, Jean Dubois, el Cacique, Claudio, Félix.)

Fin de “el cacique”