Freud, Klein, Lacan… ¿y ahora quién? Acerca del futuro del psicoanálisis.

22/10/2019. Horario: 9:00 am - 10:45 am


Abierta a colegas de la institución, Trabajo libre


Ubicación: APA


Convoca



  • Autor: Dr. José Sahovaler
  • Comentan: Dr. Alberto Cabral y Lic. Mario Cóccaro
  • Coordina: Lic. Lourdes Rey de Aguilar

Freud, Klein, Lacan… ¿y ahora quién?

Acerca del futuro del psicoanálisis

Dr. José R. Sahovaler

Hace unos años recibí una consulta poco habitual: un hijo me llama porque se lleva mal con su padre y me propone hacer una terapia vincular entre ellos. Es así como concurre un padre, un hombre de sesenta y tantos con su hijo de cuarenta. Ambos hombres, de muy buen porte, me cuentan que el conflicto viene desde hace años: el hijo vivió una conversión religiosa y desde entonces hay una intensa tensión entre ellos. A lo largo de las sesiones me voy enterando que el padre había nacido en un hogar muy humilde, siendo hijo de inmigrantes de bajos recursos y nula educación. Desde su infancia comenzó a trabajar y había construido una fortuna que le permitió retirarse y vivir de rentas. Junto al crecimiento patrimonial había tenido un crecimiento cultural, transformándose en un hombre educado, refinado. El hijo, depositario de su futuro y de su narcisismo, había sentido un llamado religioso a la ortodoxia a partir del contacto con un prelado sabio. Este cambio había enemistado a padre e hijo y la consulta era un intento de acercamiento luego de una fuerte pelea.

En su momento pensé en distintas hipótesis sobre esta pareja “mal avenida”: por parte del hijo, la búsqueda de un padre que pudiese superar a su propio padre, el deseo de destituirlo y al mismo tiempo poder mantenerlo como ideal. Desde el padre, el dolor de ser reemplazarlo y de aceptar elecciones filiales que no coincidían con sus anhelos. Desde ya, el reemplazo que este hijo hacía del lugar materno, siendo pareja del padre y muchas hipótesis más. Sin embargo, no presté atención al lugar que ocupó el incitador de la conversión; ambos, padre e hijo hablaban del carisma de ese hombre sabio que había logrado conquistar la voluntad del hijo y cuya palabra era incuestionable.

Este escrito surge a partir de la conjunción de, al menos, tres factores:

  • La viñeta relatada.
  • Charlas entre amigos y colegas sobre los fenómenos “populistas”, tan actuales en este mundo, y el efecto de personalidades carismáticas sobre el conjunto social.
  • La sensación de repetición y de falta de novedad en los encuentros psicoanalíticos en nuestra institución y en el conjunto de instituciones analíticas a las que concurro.

Hace años que estamos preocupados por el futuro del psicoanálisis. Desde hace unas décadas la incorporación de nuevos adherentes al psicoanálisis ha ido en disminución. Muchas instituciones psicoanalíticas han cerrado sus puertas (escuelas de psicoanálisis, instituciones intermedias, centros asistenciales, etc.). La membresía de APA, nuestra institución, refleja esta crisis: no ha habido crecimiento, sino que se ha mantenido o aun a decrecido la cantidad de miembros y de candidatos. La psicofarmacología y las terapias cognitivo-conductuales, entre otros abordajes posibles, vienen conquistando nuevos adeptos. Creo, entonces, que la pregunta sobre el futuro de psicoanálisis es totalmente pertinente ¿Es posible pensar que uno de los límites con que se encuentra, en este momento, el psicoanálisis es la falta de una personalidad que genere un nuevo salto en la teoría y congregue nuevos interesados? ¿Es esta la única manera de avanzar? ¿Es posible que en algunos momentos o circunstancias el efecto carismático del líder, que en un momento determinado convoca a toda una nueva generación de analistas y permite un avance importantísimo en el psicoanálisis, pueda luego a partir de la institucionalización del carisma funcionar como un obstáculo para seguir creciendo?

Freud no sólo creó nuestra disciplina y una nueva manera de entender al hombre, sino que también creó un movimiento internacional y lo condujo durante un cierto tiempo. Lucho dentro de él, marcándolo con su impronta y se ocupó de difundir al psicoanálisis más allá de cualquier frontera. Es así como el psicoanálisis se extendió a todos los ámbitos de la cultura y de las ciencias del siglo XX. A partir de los postulados freudianos el psicoanálisis se fue desarrollando sobre la base de sucesivos líderes de pensamiento. Sea Melanie Klein, Winnicott, Lacan o Bion, todos ellos han producido desarrollos innovadores y creativos y han tenido y tienen discípulos dispuestos a seguirlos, a profundizar su pensamiento y a honrarlos. Tanto es así, que hoy en día nos definimos por un apelativo a sus nombres: somos freudianos, kleinianos, lacanianos, etc.

En este trabajo me propongo pensar algo del futuro del psicoanálisis y de necesidad de líderes carismáticos dentro de nuestra disciplina.

Acerca del carisma

El diccionario de la Real Academia Española define a carisma: “Especial capacidad de algunas personas de atraer o fascinar”. Esta fascinación puede darse en presencia por personalidad y/o por el don de la palabra. El carisma se tiene o no se tiene y, con determinados límites, se puede transmitir. Para hablar de carisma sería necesario trabajar en profundidad el texto freudiano “Psicología de las Masas y análisis del Yo”. Sin embargo, en este escrito prefiero referirme a otro autor que ha estudiado la problemática del carisma desde una perspectiva social y política. Haré centro en las ideas de Max Weber (1864-1920) quien, junto con Durkheim, es considerado como uno de los padres de la sociología. Esta elección no es arbitraria, sino que se sustenta en la idea de que los aportes posibles de otras disciplinas enriquecen la complejidad psicoanalítica y refrescan nuestras mentes.

Max Weber, al igual que Freud, piensa al liderazgo moderno como una evolución del carisma religioso y postula que toda transmisión carismática posee elementos mágico-religiosos primitivos. Es así como el líder se ve llevado a cumplir con una misión divina: debe salvar o promocionar alguna novedad en beneficio de su grupo, del Estado o de la humanidad. Su interés personal queda mitigado y sólo importa “la misión”. Lo religioso tampoco escapó a los ojos de Freud quien relacionó este tipo de conducción con el proto-padre de la horda, origen de toda deidad. El ejemplo supremo de líder carismático lo podemos ver en la figura de Cristo.

La relación del líder con sus seguidores es de dominio y sometimiento, él manda y ellos son dominados.1 Es importante discriminar obediencia de dominio. El poder puede ser ejercido por cualquier autoridad mientras que el dominio2 implica que el alguien o algo ocupa el lugar del ideal del yo/superyo. El tirano o la autoridad de turno puede hacernos obedientes sin llegar a dominarnos, mientras que el líder -cual superyo- ocupa un lugar de interioridad. El dominio está firmemente emparentado con narcisismo primordial. Sea por santidad, ejemplaridad, heroísmo o conocimiento los dominados responden a su llamado, se sienten iluminados y ello le confiere legitimidad al líder. Freud señaló que la relación entre el conductor y su masa es del orden de la pulsión oral: el dirigente carismático está a merced ser devorado por los otros.

En el estudio de las lógicas de dominación Weber distingue tres tipos distintos:

La dominación racional

Las organizaciones regidas por una dominación racional están comandadas por una serie de normas o reglas acordadas entre sus miembros. Quienes la dirigen, más allá de cómo sean elegidos – sea por votación o por mérito- se atienen a una legalidad compartida. Weber habla de una profesionalización de la dirección y del establecimiento de una estructura jerárquica. El líder y los asociados se atienen a una normativa y a una legalidad consensuada y establecida. El modelo al que podemos apelar es el de las democracias occidentales. Para no alejarnos del psicoanálisis, este tipo de organización se produce en nuestras propias instituciones al elegir a nuestros representantes. El poder surge de un consenso colectivo.

La dominación tradicional

Esta se debe al peso de la historia. La organización tradicional mantiene un orden establecido que remite al pasado y que se reproduce a sí mismo. Muchas veces esta dominación está ligada a la sangre, a la herencia. El nepotismo es expresión de este tipo de ordenamiento social. Max Weber discrimina dos modos de dominación tradicional: la gerontocracia y la patriarcal. Nuevamente, y para pensar a nuestras instituciones, ¿es posible que el modelo Eitington de formación este, en una importante medida, respaldado en la lógica tradicional? El soporte traicional se relaciona con una marca histórica que le da consistencia y se convierte en una suerte de signo identitario.

La dominación carismática

Freud nos enseñó que el líder carismático ocupa el lugar del ideal del yo. La unión entre el líder y sus discípulos está cimentada en el amor al ideal, en la pasión; Weber se referirá a ella como “comunización de carácter emotivo”. El Yo de la masa se muestra pasivo ante las demandas del conductor mientras que éste tiene que satisfacer a su pueblo para no ser devorado.

La dominación carismática aparece enfrentada a la dominación racional y a la tradicional. El líder se presenta rompiendo con el pasado y con las organizaciones clásicas y burocráticas. El carisma conlleva un discurso revolucionario, o al menos innovador. El conductor sea profeta, mesías, político o científico quiere imponer un nuevo orden con nuevas reglas, con nuevos postulados, trasgrediendo el orden establecido. Sus seguidores lo reconocen y ese reconocimiento legitima su saber o su poder. No quiero aseverar que todos los carismáticos aportan una novedad valiosa ni que todos ellos producen revoluciones necesarias. La validez de sus postulados está determinada por múltiples variantes sociales, políticas o científicas: éstos pueden tener características positivas, un ideal constructivo o características negativas, el odio a determinadas personas, grupos sociales o raciales.

Los dominados sufren una verdadera transformación interior. Sienten el acercamiento al líder como un nuevo nacimiento, como un descubrimiento que modifica para siempre su realidad y su futuro y tienden a convertirse no solo en seguidores sino también en propagadores de la nueva verdad. Este cambio interior puede ser transitorio o permanente y está sustentado en lógicas afectivas.3 Freud dejó en claro que la unión de los hombres esta vehiculizada por la libido y por Eros. Para el creador del psicoanálisis no existiría una pulsión gregaria sino una búsqueda libidinal hacia el padre como figura identificatoria constitutiva del ideal del yo y hacia los otros hombres como procesamiento de la libido homosexual4. También señaló que en las masas la identificación con el líder puede conjugarse con la elección de objeto, haciéndose indiscernible una de otra. Esta fusión entre elección libidinal e identificación está en la base explicativa de la hipnósis, pero también explica porque la presencia del líder carismático modifica definitivamente a sus seguidores: la dominación conlleva un grado de identificación estructurante del yo. Si el yo es en gran medida un depósito de identificaciones infantiles, ¿cómo no pensar que una identificación con el ideal de yo y sostenida en la tramitación de la líbido homosexual no habría de cambiarlo significativamente?

Luego de Max Weber, muchos cientistas políticos, sociólogos y demás pensadores del campo social han abordado la problemática del carisma desde los más variados ángulos. A esta altura de la descripción podemos decir que el dominio tradicional corresponde al registro del pasado donde impera la herencia y lo antiguamente instituido. La dominancia racional corresponde al presente, al saber hacer en el aquí y ahora, al aprendizaje y al “expertise”. Lo carismático pertenece al tiempo futuro, a lo novedoso, a lo revolucionario. Desde ya, en las instituciones pueden encontrarse superpuestas las tres formas de dominación.

Dije que el dominio carismático coincide con una propuesta revolucionaria y todo líder carismático se postula como el mensajero de una nueva era. Aun cuando el cambio pregonado sea a un retorno al pasado, éste es postulado como el comienzo de un nuevo tiempo.5 Trump dijo: “From this day forward, a new vision will govern our land. From this day forward is going to be only America first, America first”.6 (Trump 20/6/2017). En este llamado de un líder carismático vemos que el futuro se piensa como una vuelta al pasado. Ronald Reagan ya había pregonado en 1980 “Let´s make America great again”7.

Las ideas revolucionarias, el poder conmocionante del cambio paradigmático8 que el líder aporta no es perpetuo. Antes o después se le suma el dominio racional y a poco tiempo éste tiende a convertirse en tradicional. Las nuevas ideas para que subsistan tienen que institucionalizarse y el grupo de los seguidores más próximos se van transformando en dominadores racionales y/o tradicionales. Con la dominancia racional se instituye el interés individual, la rivalidad fraterna y la lucha económica. Si el carismático puede entregar su vida por la causa y sus seguidores más cercanos pueden estar dispuestos a inmolarse por ella, una vez pasada la novedad, una vez creadas las instituciones que portan su bandera, reaparece la pulsión autoconservativa que puede llevar al egoísmo o al oportunismo. El dominio tradicional, es obvio, comenzará a posteriori y convalidará la institucionalización de la novedad carismática.

Interregno metapsicológico

Cabe ahora que nos preguntemos si son posibles los cambios revolucionarios sin la aparición de un líder carismático. Creo que en el territorio de las ciencias duras pueden surgir progresos significativos sin este tipo de conductores. Esto sería posible porque estas ciencias reclaman un tipo de comprobación empírica, una experimentación que pueda repetirse o un desarrollo lógico plausible.9 Desde ya, existen juegos de poder y de prestigio dentro de cada ciencia, pero eso no anula la propuesta compartida de la mayor comprobabilidad posible más allá de la enunciación de las conjeturas insondables sobre las que se apoya cualquier investigación.10

Como contracara en el campo de la política y de lo artístico la presencia del innovador se hace más imperiosa. Allí, donde las subjetividades y las ideologías propias y ajenas tienen una influencia tan intensa es difícil imaginar movimientos masivos sin la presencia de transferencias idealizadoras fuertes. El artista y el político reclaman seguidores, admiradores, aquellos que transmitirán su obra o que voten por sus ideas.

Según pienso, las ciencias sociales, las ciencias de la subjetividad, y junto con ellas el psicoanálisis, se encuentran en un lugar intermedio entre el saber científico duro y el artístico-político. Demandan una base empírica cierta y comprobable. Sin la existencia de los actos fallidos, los sueños, los chistes, los delirios o las alucinaciones el psicoanálisis no hubiese podido construirse. Sin embargo, esta supuesta base común rápidamente entra en cuestionamiento y los desarrollos teóricos se bifurcan. Sobre diferentes paradigmas se van construyendo diferentes teorías y cada teoría termina construyendo una “nueva base empírica”.

La gran mayoría de los trabajos psicoanalíticos ocupan sus primeras líneas en definir los pilares desde los cuales habla, cuáles son las certezas sobre las que se fundan y en estos primeros párrafos vamos descubriendo definiciones paradigmáticas del autor. Estos enunciados inaugurales, necesarios en cualquier trabajo psicoanalítico, huelgan en los escritos de las ciencias duras. Junto con estas definiciones teóricas, al definirse como kleiniano, lacaniano, freudiano, etc., el autor no solo habla del paradigmática sobre el que se basa, sino que habla de sí mismo y de sus subjetividades.

Freud fue no solo el inventor del psicoanálisis sino también un líder activo. Propuso un nuevo paradigma que conmocionó al mundo y cambió el modo de comprender al hombre. Al complejo paradigma freudiano se le sumó el paradigma kleiniano, que emergió a hojarcadas de la Segunda Guerra Mundial, entendiendo que el hombre es movido por un afán destructivo. Un poco después, todo esto se complejizó con la introducción del paradigma lacaniano en torno la la hominización producida por el lenguaje y al inconsciente como su hijo dilecto. Cada uno de estos desarrollos porta una definición diferente de inconsciente, una manera diferente de entender a la sexualidad y un entendimiento diferente del Complejo de Edipo y del de castración, por hablar de algunos conceptos centrales.11 Otros importantísimos desarrollos teóricos dentro de la teoría psicoanalítica tales como las ideas de Winnicott, Kohut, Green, etc., son profundizaciones y articulaciones posibles entre estos tres paradigmas centrales del psicoanálisis actual. Vuelvo a decir, que estos desarrollos teóricos coexisten sin anularse y ninguno ha logrado desplazar al otro, produciéndose una suerte de conviencia extraña donde las distintas escuelas, hablando dialectos diferentes, por lo general se comprenden. Sabemos que la primacía de una teoría sobre el resto no es un efecto exclusivo de su valor de verdad o de develamiento sino que el conjunto de la comunidad científica erige y destituye teorías, también, sometida a juegos de poder, influjos económicos y fenómenos de masa.

La inexistencia de un paradigma compartido se extiende a la problemática del “objeto común” entre las distintas corrientes analíticas. Lores Arnaiz dirá: “Es verdad que al comienzo existe una problemática definida. Surgen las primeras hipótesis y teorías a modo de respuesta a esos primeros problemas. Pero como las hipótesis y teorías constituyen instrumentos de investigación (y también de acción práctica) surgen problemas nuevos y diferentes, lo cual origina nuevas hipótesis, nuevas teorías que las más de las veces modifican sustancialmente las estructuras lógicas anteriores. Y, ni hay que decirlo, cambian los objetos (pues varían las afirmaciones teóricas que los caracterizan”.12 Tampoco podemos afirmar la existencia de un conjunto de problemas a resolver compartido por todos. Cabe, entonces, preguntarse ¿cómo es posible que todas las teorías tengan validez? O, mejor dicho, ¿cómo se validan las teorías psicoanalíticas?

Creo que las teorías psicoanalíticas se validan, fundamentalmente, en la deducción “lógico-sistemática”. La base empírica está situada más cerca del “contexto de descubrimiento” que del “contexto de justificación”. En el trabajo clínico actuamos con hipótesis intermedias en cuanto al nivel de abstracción, creando nuevos objetos que volvemos a teorizar. Estas nuevas teorizaciones son de un nivel más elevado de abstracción y crean un nuevo objeto teórico, a veces empírico, sobre el que volvemos a teorizar. Vayamos a un ejemplo que todos conocemos: se constata empíricamente actividades sado-masoquistas en los pacientes. Se postula la existencia de pulsiones sádicas como primarias u originales y se infiere el masoquismo como una identificación con el agresor. Se construyen hipótesis intermedias, que son las interpretaciones. La constatación del efecto interpretativo sumado al desarrollo de la teoría obliga a Freud a postular la existencia de un masoquismo primordial en conjunto con la pulsión de muerte. Surge una nueva base empírica y así, sucesivamente.

El futuro del psicoanálisis

Volvamos a la problemática del carisma pues ella me permitirá hablar del futuro del psicoanálisis. Ninguna propuesta puede permanecer en estado revolucionario “ad eternum”. Una vez que la dominación carismática ha ganado adeptos y se ha instalado en la sociedad, la dominancia racional comienza a operar y se estructura un aparato institucional a su alrededor. Aquellos convencidos por la nueva propuesta se articulan alrededor de diferentes instituciones que nuclean a sus partidarios. Como es de suponer, con el tiempo la dominación tradicional también empieza a ejercer su poder.

En relación al psicoanálisis, es habitual que escuchemos decir que este es transgresor, revolucionario. Cuando alguien se analiza y ve cuestionadas sus identificaciones, sus ideales y sus fantasías e intenta descubrir la verdad de sus deseos y de sus limitaciones, la verdad de sus amores y de sus odios siente y piensa que se ha metido en una práctica subversiva y que está ante la posibilidad, cierta, de cambiar su mundo y su destino. Pero el psicoanálisis, con más de 100 años de historia, ha dejado de ser revolucionario, transgresor o subversivo. Es importante que separemos dentro del campo psicoanalítico al conjunto de teorías como saberes instituidos, aun cuando siempre estén abiertos a la revisión y a la complejización, de las instituciones psicoanalíticas como un espacio donde predomina la lógica racional y donde siempre hay lugar para lo tradicional, pero también para lo novedoso. Para tal o cual analizando su análisis puede llevarlo a transgredir mandatos familiares o sociales firmemente arraigados, puede revolucionar su vida o subvertir su mundo. Pero para las instituciones actuales la transmisión de los conocimientos establecidos, la discusión y el progreso de las teorías, los juegos de poder y de prestigio ya no entran en la órbita de lo revolucionario, sino que pertenecen más al orden de la organización racional.

Cabe volver a las preguntas del origen de este escrito: ¿es necesario la aparición de un nuevo líder para que el psicoanálisis progrese o es posible el desarrollo del conocimiento psicoanalítico y de su complejización por acumulación cuantitativa? No tengo una respuesta a este interrogante, aunque la aparición de un líder carismático parece ser necesaria para el progreso psicoanalítico. Por lo pronto, creo que el psicoanálisis se enfrenta a 2 riesgos de los que tenemos que estar informados.

El psicoanálisis cuantitativo

A comienzos de este año participé en un seminario organizado por la IPA llamado RTP (Research Training Programme) centrado en el psicoanálisis cuantitativo o empírico. En dicho seminario participaron integrantes de Argentina, Brasil, EEUU, Alemania, Sudáfica, etc., y se presentaron cerca de 30 trabajos de investigación con una lógica cuantitativa. El objetivo básico de todas estas investigaciones es la convalidación de hipótesis teóricas o clínicas para poder interactuar con las ciencias médicas imperantes en el mundo bajo el actual paradigma de la “medicina centrada en la evidencia”. Ello implica ensayos clínicos aleatorios, ramdomizados y controlados. Podemos alegar que el psicoanálisis es parte de “la medicina centrada en el paciente” pero este alegato no nos permite interactuar con el mundo circundante, con las obras sociales que cubren el costo económico de los tratamientos y tampoco nos permite comprobar cuantitativamente la eficacia y la eficiencia de nuestros postulados teóricos y clínicos.

Una alta proporción de estos trabajos estaban inclinados al estudio de la relación madre-infans y se sostenían dentro de un marco analítico sólido y profundo (algunas de estas investigaciones tenían una propuesta intersubjetivista y un fuerte apoyo en las teorías del attachment y de mentalización de Fonagy). Hubo algunos otros trabajos también de raigambre psicoanalítica que investigaban abordajes clínicos con características particulares (por ejemplo, una investigación en adolescentes internadas en un servicio para patologías alimenticias). Pero hubo un grupo importante de investigaciones que no podríamos incluir dentro del psicoanálisis y que solo contaban con una apoyatura en la psicología académica americana. Estos trabajos no superaban un nivel elemental de lo cognitivo-conductual (y en alguno con mayor acento en lo conductual que en lo cognitivo).

Este seminario, así como el psicoanálisis cuantitativo tiene la preocupación válida de que el psicoanálisis sea reconocido por las ciencias médicas y por el resto del mundo académico mundial. Las obras sociales y los prepagos utilizan el DSM y la convocatoria a las terapias cognitivo-conductuales se ha generalizado en la mayoría de los países occidentales. En un muy importante estudio sobre depresión llevado a cabo y financiado por la IPA (a cargo de Marianne Leuzinger-Bohleber), se demostró que el éxito en depresiones profundas entre las terapias psicoanalíticas y cognitivo-conductuales es bastante similar.13

Todo esto a nosotros, analistas rioplatenses, nos resulta muy alejado de nuestros modos habituales de pensamiento. ¿La IPA utilizando métodos cuantitativos propios del DSM para validar al psicoanálisis? Muchos de nosotros podemos pensar que existe una “quinta columna” dentro de nuestra institución madre. Hay un temor válido y generalizado que la especificidad, la profundidad y la riqueza que el psicoanálisis ha creado se pierda, que las curas sean pensadas solo sintomáticamente y que lo singular del caso por caso quede olvidado. Un temor, cierto, de un achatamiento de todo pensamiento auténtico y creativo. Sin embargo, desconocer esta realidad, desmentir lo que está sucediendo a nuestro alrededor no solo no evitará que en psicoanálisis pierda terreno, sino que lo acelerará.

El psicoanálisis apocaliptico

Como reflejo o contracara surge dentro de nuestras instituciones aquello que llamaré “el psicoanálisis apocalíptico”.14 Considero que el psicoanálisis apocalíptico surge cuando no se puede aceptar la diversidad de posturas, planteos y teorías contenidas dentro de nuestra disciplina. Cuando alguien le espeta a otro “eso no es psicoanálisis” sin entender la complejidad de nuestro campo y de nuestra práctica. Desde ya, hay veces que algunos desarrollos clínicos o teóricos escapan del mundo del psicoanálisis, pero siendo las fronteras de nuestra disciplina tan laxas y permeables, ¿quién puede afirmar con plena seguridad sobre estos menesteres? Los apocalípticos no discuten teorías escuchando los fundamentos correspondientes y respondiendo en el nivel pertinente, sino que hacen apología de “pureza de raza psicoanalítica”. Para ellos el psicoanálisis es un saber concluido y estatuido definitivamente.

Esta lógica necesita, a toda costa, mantener la pureza de origen. El contacto con el exterior, con otras disciplinas, con otros modos de comprender el sufrimiento del hombre es vivido como una amenaza y se hacen llamamientos a cerrar filas en torno a la pureza del encuadre, a la pureza de la teoría y a la veneración a los creadores pasados. Veneración que nos evoca la dominación tradicional, aun cuando se le atribuye valores innovadores. Tal devoción remite a las lógicas fanáticas donde predomina la desmentida y la escisión del yo.15

Uno de los problemas de las ciencias de la subjetividad, tal como vimos, es que su desarrollo está fuertemente determinado por la aparición de líderes carismáticos que impongan nuevos paradigmas para ser profundizados. Hay líderes que promueven el desarrollo de sus ideas por sus pares mientras que hay otros que centrados en “su verdad” compiten cualquier disidencia. Pero mucho más peligroso que los líderes son sus adláteres que, “siendo más papistas que el Papa”, intentan apropiarse del sello de validación de todo saber. En un interesantísimo libro, “Fanatismo” de los autores Sor y Gazzano, discriminan: “1) Fe científica (con tolerancia a la frustración, usando los registros como un medio); 2) Fe mágica (sin tolerancia a la frustración con el registro con un fin en sí mismo) y 3) Devoción (sin existencia a la frustración y unida al dogma)”.16 La fe mágica y sobre todo la devoción es una enfermedad institucional que debemos combatir.

El futuro del psicoanálisis

Cuáles son los caminos de desarrollo futuro de nuestra disciplina es algo que, lógicamente, no puedo saber. Sin embargo, creo poder vislumbrar las fronteras más próximas y los intercambios más fructíferos con los que tendremos que lidiar en la actualidad. Considero que hay 2 campos complejos con los que interactuar. He de resumirlos en:

  1. El campo de las neurociencias. El auge de las neurociencias, el avance espectacular en el conocimiento de funcionamiento cerebral no puede dejar de influirnos y de modificar aseveraciones psicoanalíticas que, basándose en supuestos desconocidos en su momento, deberán ser actualizados y reelaborados. Este campo implica la incorporación de nuevas hipótesis acerca de la memoria y del olvido, del pensamiento, de las transmisiones genéticas, de la afectividad y de la representabilidad. Ello no implica desconocer al inconsciente, o mejor dicho a los inconscientes del psicoanálisis actual, pero nos permitiría incorporar un nuevo paradigma (¿será el informático?) que complejizará a nuestra disciplina.
  2. El campo de la sociología: Entiendo por ello a todos los cambios epocales que este comienzo de “era” está trayendo a nuestras vidas. La pregnancia de las pantallas y de las tecnologías computacionales ha cambiado el habitat donde vivimos. El psicoanálisis no puede vivir en una torre de cristal. Los cambios en la manera de pensar la sexualidad contemporánea son un buen ejemplo de los efectos de la sociedad en las conceptualizaciones analíticas y nos impulsan a reconceptualizar los paradigmas psicoanalíticos con los que nos hemos formado.

Vuelvo a las preguntas del comienzo: ¿es necesario un líder carismático para que el psicoanálisis se desarrolle? No lo sé. Tal vez surja un nuevo genio, alguien que cambie y complejice la teoría y la práctica analítica. Pero también es posible que todos nosotros en un trabajo continuo de intercambio con otras disciplinas y con nuestra práctica clínica podamos acercarnos a aquello que Edgar Morin llama el “paradigma de la complejidad” y construyamos un futuro de cambio y progreso para el psicoanálisis

Referencias

  1. Max Weber dirá: “Debe entenderse por “carisma” la cualidad, que pasa por extraordinaria (condicionada mágicamente en su origen, lo mismo si se trata de profetas que de hechiceros, árbitros, jefes de cacería o caudillos militares), de una personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas -o por lo menos específicamente extraordinarías y no asequibles a cualquier otro-, o como enviados de dios, o como ejemplar y, en consecuencia, como jefe, caudillo, guía o líder. El modo como habría de valorarse “objetivamente” la cualidad en cuestión, sea desde un punto de vista ético, estético u otro cualquiera, es cosa de todo indiferente en lo que atañe a nuestro concepto, pues lo que importa es como se valora “por los dominados” carismáticos, por los “adeptos”. WEBER, Max. “Economía y sociedad”. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1993 [1922], p. 173.
  2. Obediencia, disciplina, sometimiento y acatamiento son términos que debemos discriminar.
  3. La fe es un sentimiento que no se responde a lo racional sino al orden sentimental y como tal es indiscutible.
  4. Freud nos dijo textualmente: “Notemos que en estas dos masas artificiales cada individuo tiene una doble ligazón libidinosa: con el conductor (Cristo, general en jefe) y con los otros individuos de la masa” Freud, S. “Psicología de las Masas y análisis del yo” Pg.91 Editorial Amorrortu Tomo XVIII.
  5. No debemos olvidar que lo novedoso es por lo general un ideal pasado relanzado al futuro.
  6. “Desde este día en Adelante, una nueva vision gobernará nuestra tierra. Desde este día en adelante solo habrá América primero, América primero”.
  7. “Hagamos a América grande nuevamente”.
  8. El concepto de paradigma proviene de los desarrollos de Thomas Khun. Según Morin: “Entendemos por paradigma a “los principios “supralógicos” de organización del pensamiento, principios lógicos que gobiernan nuestra visión de las cosas del mundo sin que tengamos conciencia de ello”. “Introducción al pensamiento complejo” (Edgar Morin. Gedisa Editorial. 2007 Barcelona Pg. 28.)
    Según Klimosky: “El paradigma es el conjunto de concepciones más amplias y generales cerca de la realidad y del hombre mismo, de los métodos que deben emplearse para abordarla y de las maneras legítimas de plantear las cuestiones, conjunto que contienen elementos de los que el científico es conciente y aspectos inconscientes previos siempre al desarrollo de las investigaciones efectivas y particulares que pueda llevar a cabo, especie de tierra germinal de la que crecen luego teorías y diseños de investigación”. (G. Klimosky. “Problemas de la metodología de la ciencia” Rev. Dd Psicoanálisis XXXVII 6. 1980
  9. “En efecto, los hombres de ciencia… pretenden aceptar de forma inmediata las lecciones de la experiencia si trabajan en las ciencias experimentales, y los principios de la evidencia racional si trabajan en las ciencias matemáticas”.Gaston Bachelard. “La filosofía del no”. Editorial Amorrortu 1970 (1 edición 1940) pg. 7. Buenos Aires.
  10. La ciencia tiene la característica de “universalidad”, característica que es dejada de lado por otros saberes tales como el arte. La ciencia se postula siempre bajo el ideal de la novedad y del descubrimiento, aun cuando, muchas veces, está trabajando en la verificación de hipótesis ya establecidas. El conocimiento de las ciencias duras evoluciona a través de la verificación, la profundización y los cambios paradigmáticos. La ciencia es un trabajo de construcción y deconstrucción permanente de anteriores conceptos y de saberes.
  11. Esta coexistencia va más allá de la confrontación entre las teorías y se patentiza dentro de cada uno de los desarrollos diferenciales ya que en una misma teoría su profundización no necesariamente invalida un postulado posterior: la segunda tópica freudiana no anula la primera. La dualidad Pulsión de Vida-Pulsión de Muerte no destituye la dualidad pulsiones sexuales-pulsiones de autoconservación.
  12. Lores Arnaiz, María del Rosario. “Hacia una epistemología de las ciencias humanas”. Editorial de Belgrano. Buenos Aires 1986 (pg.136-7).
  13. Para ello se utilizaron las escalas BDI (Beck Depression Inventory) y QIDS-C (Quick Inventory of Depressive Syntoms). Aparentemente las diferencias entre los distintos tipos de abordaje estarían a nivel del cambio estructural y para ello se usó le HSCS (Hildelberg Structural Change Scale).
  14. En un interesantísimo artículo de Mortimer Ostrow “Psicodinámica de lo apocalíptico”, el autor nos dirá: “Los apocalipsis son dualistas en su esencia. Hay dos fuerzas en lucha cósmica. Las fuerzas del mal encabezadas por un demonio prevalecen al principio, pero finalmente son derrotadas por las fuerzas del bien, generalmente lideradas por alguna figura mesiánica… De este modo los apocalipsis consuelan a aquellos que son débiles para aliviar sus miserias y alientan una clase pasiva de mesianismo. Aun así, los problemas surgen cuando el mesianismo no se acepta como proveedor de alivio y alentador de optimismo, sino como un programa para el activismo. Los impacientes, los militantes y temerarios, comienzan a encontrar presagios que les permiten calcular que el “final de los días” llegará en breve y que el renacimiento podrá ser inducido formando un ejército y luchando a favor de los ángeles buenos de Dios contra las fuerzas de sus antagonistas demoníacos”. OSTROW Mortimer. Psicodinámica de lo apocalíptico. Revista de Psicoanálisis 1985 Tomo XLII pg 78.
  15. Primo Levi dijo: “Hay que desconfiar de quien trata de convencernos con argumentos distintos a los de la razón, es decir, de los jefes carismáticos. Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor desconfiar de todo profeta; renunciar a la verdad revelada, por mucho que atraiga su simplicidad y las hallemos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y menos entusiasmantes, las que se conquistan con trabajo, poco a poco y sin atajos, gracias al estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas y verificadas”.
  16. SOR, Darío y SENET DE GAZZANO, María Rosa. Fanatismo. Editorial Ananké Chile 1993 Pg. 56

Bibliografia

  • FREUD, Sigmund.Psicología de las masas y análisis del yo .1921 Editorial Amorrortu Tomo XVIII
  • WEBER, Max. Economía y sociedad. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1993
  • MORIN, Edgar Introducción al pensamiento complejo. Editorial Gedisa Editorial. 2007 Barcelona
  • OSTROW Mortimer. Psicodinámica de lo apocalíptico . Revista de Psicoanálisis 1985 Tomo XLII
  • SOR, Dario y SENET DE GAZZANO, María Rosa. FANATISMO. Editorial Ananké Chile 1993
  • DEUSDAD AYALA, María Blanca. El carisma político en la teoría sociológica. Tesis Doctoral Barcelona 2001

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