“La posición del supervisor y la conjuración de los muertos”

18/06/2019. Horario: 11:00 am - 12:45 pm


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Ubicación: APA


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  • Autora: Lic. Diana Sahovaler de Litvinoff
  • Comenta: Dr. Oscar Adolfo Paulucci
  • Coordina: Dra. Amalia Socci de Gómez

Lic. Diana Sahovaler de Litvinoff

El psicoanálisis no trabaja con el pasado sino con el presente; busca liberar al paciente de sus “reminiscencias”. Freud (1914) afirma que no debemos tratar la enfermedad como un episodio históri¬co, sino como un poder actual. El psicoanálisis “conjura a los muertos” para olvidarlos, saca a los demonios del Averno, según la expresión freudiana, para interrogarlos, pactar con ellos y devolverlos transformados, a las tinieblas.

A diferencia del trabajo de un médium, que conecta a los vivos con sus muertos, la “conjura” del psicoanalista no busca la “recuperación” del objeto perdido y la obturación de la falta, sino una operación de castración que acepte la pérdida de goce y la apertura de un vacío que permita el movimiento, la sustitución, la creación metafórica, que reafirme al sujeto en su condición de tal.

“Cuando se convoca en las apariencias lo que no puede aparecer, el sujeto se siente en angustia” dice Colette Soler (2000). A través de la operación de la cura surge la oportunidad de librarse de la ilusión de reencuentro que ataca las satisfacciones presentes posibles; de romper la fijación, el hechizo (lo fetichizado según Lacan, 1956) de una escena en la que se actúa un papel inamovible, esa escena inconsciente que atrae hacia la sumisión, a sufrir, a perder, a matar o morir.

El paciente según Lacan (1958) se ubica del lado del sujeto y el analista se instala en el lugar del “muerto”, del vacío propiciador del discurso del paciente y desde allí dirige la cura. El paciente transfiere sus objetos históricos, infantiles y el analista “sufre” de su identificación con ellos; toma contacto con el gozar y el ser gozado del drama central de la sexualidad infantil.

La identificación con los objetos de goce del paciente por parte del analista, consiste por supuesto en una suerte de “identificación calculada” (siguiendo la analogía de Lacan acerca de “vacilaciones calculadas” en el transcurso de la cura). La identificación es indispensable para entender el material que trae el paciente, pero el analista debe cuidarse de no anclar en ella.

La base de toda identificación es la identificación con el agresor (Laplanche y Pontalis 1971); todo proceso de identificación supone entonces el dolor de ubicarse ante un ideal, un Amo que deja al sujeto en una falta que se sufre al provocar la tensión de la diferencia. De esto se trata y a esto tiene que estar atento el supervisor. ¿Cuál sería entonces la posición del supervisor?

El supervisor debe ser capaz de “ponerse en el lugar” tanto del paciente como del analista; la identificación proyectiva, un mecanismo defensivo típico de enfermedades graves y psicopatías entra juego, esta vez al servicio del proceso analítico al que el supervisor asiste.

Se dice que el objeto, para el psicoanálisis, es un “objeto perdido”. Se alude a que no existe un objeto capaz de satisfacer totalmente la pulsión. El goce absoluto se ha perdido desde el momento en que el objeto es transformado por la palabra, es moldeado por la existencia del amor o el desamor.

“La palabra mata la cosa” dice Lacan. Y ahí nos encontramos con los objetos con los que debe lidiar el análisis, objetos “muertos”, vividos como prohibidos, extrañados aunque nunca existieron.

Se convoca la aparición del maravilloso falo de la madre, anhelado y aterrador. El paciente se propone “tenerlo” o “serlo” para suturar la herida. Prefiere repetir la pérdida antes que aceptarla (Hendel A. 2012) El analista intenta desenmascarar imaginarios que traban una satisfacción concreta, a veces menos brillante y otras, más intensa y placentera.

La tradición de todas las generaciones muertas “oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” dice Marx en “El 18 de Brumario” (1852):

“… y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es justamente cuando conjuran temerosos en su auxilio a los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, y con ese disfraz de vejez venerable y ese lenguaje prestado, representan la nueva escena de la historia universal”.

“Es como el alumno que ha aprendido un nuevo idioma: lo traduce siempre a su idioma nativo, pero solo asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro de él sin reminiscencias y olvida en él su lenguaje natal”… “Si examinamos esas conjuraciones de los muertos en la historia universal”,… dice, observamos diferencias.

“En algunas revoluciones, la resurrección de los muertos sirve para encontrar de nuevo el espíritu del cambio y no para hacer vagar otra vez a su espectro, despojándose de toda veneración supersticiosa por el pasado, sacando su poesía no del pasado sino del porvenir, dejando que los muertos entierren a sus muertos para cobrar conciencia de su propio contenido”… “hasta que se crea una situación que no permite volver atrás”.

Estas ideas evocan el concepto de fantasma universal para el psicoanálisis. Cada sujeto construye en su origen una posición fantasmática que suele ubicarlo en actitud sacrificial para el goce de un Otro del cual depende en extremo debido a su indefensión inicial.

Pero los cambios nos obligan a cambiar; lo que antes resultaba necesario con el tiempo y la madurez se torna prescindible, lo que antes nos salvó ahora nos hunde. La angustia caracteriza los momentos donde algo familiar comienza a tornarse ajeno y surge la inminencia de algo distinto, un cambio. Que puede negarse o aceptarse.

Nuestra tendencia conservadora buscará mantener el orden conocido a pesar del riesgo a permanecer en él. Hasta que algo provoque ese cambio del cual no se puede volver atrás. Para bien o para mal. El psicoanálisis busca acercar al sujeto la voz de su inconsciente para emitir un juicio acerca de lo que quiere o no, para sepultar a los muertos.

Y en este proceso en el que el analista abre al campo para que el paciente juegue sus cartas, el supervisor cuida de que el juego no se cierre, que las trampas no arruinen la partida, que las resistencias cedan y se pongan al servicio de la cura.

Los distintos síntomas son la consecuencia de la negativa a renunciar y el resultado de las “soluciones” halladas. El neurótico, el perverso, el psicótico sufren de sus objetos recuperados y sufren de ofrecerse como el objeto recuperado del Otro, dice Litvinoff Diego (2008):

“deseamos lo que no tenemos y no hacemos, semejante a renunciar al trabajo y desear los bienes de un mundo que no producimos; el renunciamiento al placer inmediato genera el fantasma y el deseo a partir del cual se le otorga al objeto la cualidad de satisfacerlo, se suple el placer con el deseo o con la adquisición de objetos, el hombre recurre a sustitutos por haber renunciado al placer; al psicoanálisis le preocupa el sustituto enfermizo; el obsesivo por ejemplo, no recupera lo perdido con sus repeticiones así como la plusvalía no se recupera con la voracidad consumista”.

Es sabido que el médium a menudo cae desmayado, agotado por el esfuerzo y el cansancio luego de una sesión “exitosa”, tras “entrar en trance” y prestarse en cuerpo, alma y palabra a la reviviscencia del objeto perdido.

“Trance”[1] proviene del latín transīre: transitar, transportarse, cruzar, pasar por encima; las experiencias conocidas como «caer en trance» se refieren a un mecanismo psicológico por el que la persona se abandona a ciertas condiciones externas o internas y experimenta un estado de conciencia alterado, acompañado por modificaciones cenestésicas y neurovegetativas.

Pero el analista de supervisión no lleva la identificación al extremo de quedar confundido con el objeto. El supervisor puede experimentar un cierto “agotamiento”, que no llega al desmayo. Podríamos señalar una línea asociativa desde el “trance” al “atravesamiento” del fantasma interpretado también como “hacer una travesía” por él, producto de la reviviscencia en transferencia de situaciones pretéritas en el camino hacia un cambio de posición.

Garma señalaba que después de una interpretación exitosa era frecuente que el paciente experimentara una sensación de mareo que luego dificultaba su incorporación del diván. Las referencias se cuestionan y “mueven el piso”, “vacila” el fantasma, el muerto “se levanta” desafiando la inercia. Cuando aquello reprimido que alguna vez pareció superado, nuevamente se ha manifestado, provoca el afecto de lo siniestro. (Freud 1919)

El supervisor media entre “los muertos”, o entre “muertos” y vivos. ¿Por qué ubicamos al supervisor y no al analista en el lugar de médium? En el analista el proceso es aquí y ahora; el supervisor en cambio, recibe el “muerto”, presta su “cuerpo” (identificación) para luego comunicar al analista de qué se trata aquél objeto que el paciente ha transferido sobre él.

Clarifica la transferencia. Clarifica el objeto con el cual el analista carga sin saberlo para que a su vez él advierta al paciente. De todos modos, los límites en las distintas posiciones no son tan precisos y suelen intercambiarse.

El supervisor como médium convoca también otro “muerto”: al analista en su posición de tal, que permita la actitud ética de la emergencia del sujeto del inconsciente del lado del paciente; llama al deseo del analista cuando las resistencias de éste afectan la regla fundamental e interfieren que este deseo se despliegue y ejerza su poder de movilizar el discurso y la posición del paciente.

Los “muertos” convocados por el psicoanálisis, que pueden adquirir la representación de vínculos perdidos o personas fallecidas, encubren y expresan la pérdida que enriquece y a la vez enferma al hombre.[2] El supervisor por momentos debe ubicase, como el analista, en el lugar del a, lugar del estudiante, no del Amo pese a que ser nombrado como “supervisor o control” lo señale como maestro. Es un maestro especial, que recibe objeto transferido, crea en él un lugar para ese objeto, se “enferma” de él.

En el transcurso de la supervisión, comparte con el analista de qué objeto se trata, propone o elaboran en conjunto una estrategia terapéutica. Al mismo tiempo debe estar atento a cómo el analista puede “enfermar” de los objetos transferidos y es tentado por las resistencias.

El supervisor se hace cargo del “plus de goce” resultante de la escena que el supervisado le da a ver; no para gozar ni ser gozado sino para devolverlo de forma tal que pueda ser elaborado para la cura. Para advertir al analista de su tentación de aconsejar o sugestionar en lugar de analizar, para alertarlo de su contratransferencia.

Es preciso tener en cuenta que el supervisor no es analista del analista. No es su función liberar al analista (ni al paciente), de sus correspondientes “muertos”; aunque los efectos de la función sean incalculables.

El supervisor señala (no interpreta) la resistencia del analista cuando la detecta; lo hace en acto, ya que al traer los objetos perdidos del paciente, favorece al analista dialogar con ellos y levantar sus propias resistencias. Le da la oportunidad de tratar con lo resistido (por él analista mismo).

Le “enseña”, “enseñándole” lo resistido. En ese sentido transmite y no instruye, ya que la instrucción tiene que ver con inculcar contenidos concientes, racionales. Aquello reprimido y lo que incluso no adquirió status simbólico es recibido y procesado de un modo que escapa a lo racional. En la transmisión de inconsciente a inconsciente participa lo verbal y lo preverbal.

“Lo exterior que nos habita”, el Otro que determina la intimidad, está presente en el imaginario de un “muerto que se convoca” ¿Para qué?, para hacerle una pregunta: ¿cuál es mi secreto que tú guardas? diría Sartre. Se trata de reconocernos en ese otro que rechazamos y que vivimos como otro por no aceptarlo. Lo reprimimos, negamos o forcluimos.

El supervisor debe facilitar este proceso de castración, para que lo ajeno sea reconocido como propio y desde este lugar, aceptado o desestimado; para que no retorne como algo “real” desde el exterior. Podríamos decir que la labor del supervisor intenta alojar lo irrepresentable, la alteridad insoportable. Convoca al “muerto” para ayudar a matarlo finalmente, para terminar de transformarlo en palabra, en símbolo, en metáfora.