La ética del sujeto

A. La relación con la muerte: la percepción de inexorabilidad de la muerte genera ya en la infancia fuertes angustias, las que se suelen desmentir y “resolver” fallidamente con fantasías compensatorias y omnipotentes de inmortalidad ,expresadas tanto en las ideas religiosas o místicas de reencarnación y aún en la fantasmagorías de haber existido ya en otras “vidas pasadas”.

La confrontación en el análisis con la conciencia de la muerte real, enfrenta al paciente con la inquietante experiencia anticipatoria de la inanidad del Ser, y se abren en consecuencia dos opciones, a saber: o bien el sujeto se rehúsa a asumir su finitud e intenta el retorno a un Yo egolátrico que se supone a sí mismo como eterno; o bien se trasciende el narcisismo en el camino hacia “aceptación “creativa” de la muerte, lo que implica, claro está, algún orden de sostén y entrega al Otro. 1

En este último caso el sujeto puede desplegar un proyecto libidinal propio, el que supone que la exclusiva preocupación obsesiva ante la muerte propia ha cedido parcialmente lugar al cuidado y a la responsabilidad por la mortalidad del Otro, dado que éste nos importa y nos convoca por ende al don. Así el amor por los hijos nos permite en cierto modo trascender la muerte, dado que a través de la identificación narcisista con ellos, nos procuramos imaginariamente la proyección de nuestra propia continuidad existencial.

Este decisivo cambio de posición subjetiva genera la disolución del trasfondo fantasmático que implica la figura de verdugo, constitutivo de todo imaginario narcisista. Preocuparse exclusivamente por el Ego insuflado que sólo teme su propio fin, supone desconocer al Otro, frente a quien Uno se sitúa entonces como un verdugo por omisión: encerrado en sus propios goces narcisistas, el sujeto deja sin sostén amoroso al semejante, y lo arroja a la soledad, que además se ser una forma de la exclusión y muerte simbólica, refuerza la dimensión del egocentrismo, que deriva en el nihilismo y el cinismo existencial.

Asimismo debemos prevenirnos de dejarnos invadir por las fantasías de muerte y asesinato que nos acosan como voluntad hostil incoercible hacia el Otro, dado que éste con su mera existencia cuestiona la radicalidad de nuestro narcisismo, por lo que el no matarás resulta el imperativo ético esencial.

Si el semejante desaparece real o simbólicamente del horizonte, la expansión ilimitada del narcisismo lleva a una consolidación megalómana, en la cual el sujeto pleno no es nada más que su puro Yo objetalizado, y al faltar el Otro que nos “hace falta” , se empobrece el universo fantasmático en aras de los monotemas obsesivos en torno a la propia muerte.

Sólo al tomar conciencia del odio forclusivo que nos habita – en tanto el Otro impone con su exclusiva presencia un límite y una fuerte destitución del egocentrismo narcisista, prójimo al que en consecuencia se desea eliminar para garantizar la expansión y aún la permanencia ilimitada del Yo – podemos
asumir la condición ética fundamental, la que implica la exclusión de todo fantasma de homicidio fratricida. 2

Entonces sólo cuando el Otro nos importa en tanto existente más allá de uno mismo y nos conmovemos por su dolor y por su muerte, y podemos ser guardianes de nuestros hermanos, habremos de haber atravesado el riesgo de un amurallamiento narcisista desubjetivante, sostenido en fantasías egocéntricas y solipsistas, las que son causa a la vez que consecuencia de todo enfermar .

Sostenemos pues que la capacidad de “aceptar creativamente” la muerte y el reconocimiento del Otro en su diferencia a través de su cuidado amoroso y de su aceptación hospitalaria, configuran actitudes existenciales éticas correlativas, dado que una no es sin la otra.

Aceptar la castración -con el efecto de creación libidinal que deriva como su producto- supone entonces la conciencia lúcida del inevitable fin, la que requiere siempre como condición de posibilidad su inscripción en el contexto del encuentro solidario y respetuoso con el Otro.

El análisis apunta a plantear en toda su dimensión este enigma central: ¿Podrá el sujeto poder enfrentar sin síntomas clínicos el inevitable encuentro traumático con la muerte, cuya amenazante indeterminación puede sumir al sujeto en la resignación y la extrema pasividad?

Quizás la función última de un análisis resida en contribuir a que el sujeto se inscriba en una posición existencial sublimatoria , la que supone la superación del puro determinismo estéril de lo Real, merced a la obtención de una producción que permita las siguientes transformaciones: a) el silencio en la revelación de lo inaudito que procura la música; b) la oscuridad de la nada en lo invisible que insinúa la pintura; y c) y la compacidad de la materialidad del cuerpo en la inmaterialidad poética de los significantes que lo evocan en su ausencia.

El vacío deja entonces de existir como una oscura y silenciosa amenaza -siniestra e innominada como la muerte misma- que pasma al sujeto, para reinstalarse placenteramente como intervalo vacío entre los significantes de las discursividades narrativas, entre las notas y los tonos de la música , y entre las diferencias cromáticas y los claroscuros de la pintura.

Se busca en suma instalar a través del arte la latencia discontinua, lúdica y sugerente de lo Simbólico, frente a la continuidad sin intervalo del agujero abismal de lo Real.

No se trata pues de negar la finitud del Ser, sino de aceptarla para trascenderla a través del acto creador, que rompe el círculo cerrado de la pasividad y la inmanencia egoísta de lo Mismo, y propicia el encuentro responsable con el Otro, más allá de cualquier exaltación nihilista de la nada.

Entonces después de haber elaborado el inevitable e inquietante encuentro con la alteridad inapropiable del Otro, sólo posible luego de haber superado la fobia y el pánico inhibitorio ante el riesgo insalvable de la propia muerte, podrá surgir una subjetividad más “humana”, la que ya puede enfrentar asintomáticamente la angustia ante un tiempo futuro en el que habrá de acontecer la pura nada. Se trata pues de poder suponer anticipatoriamente el propio fin – que supone la falta absoluta de todo sentido y la privación radical de todo proyecto- sin caer en la depresión y sin perder el entusiasmo creador.

En un análisis se trata de entender que las enfermedades –aún las curables- representan metáforas de la “enfermedad de las enfermedades que es la muerte, una enfermedad que no es como las otras”, tal como expresa Jankélévitch (2004, Págs.23-24). Este agrega en relación a la muerte: “Es tanto la enfermedad de los sanos como la de los enfermos y la de los que no tiene nada. Esa enfermedad, a priori es la finitud. Pero es preciso distinguir el quod, ´el hecho de que`, y los contenidos en le interior del quod. El hombre es el amo todopoderoso de los contenidos, del momento, de los medios, de la manera. Está allí para retrasar el instante, para economizar el dolor. Hay una sola cosa contra la que no puede nada en tanto que hombre, y que lo define como hombre, es el hecho de que debe morir”.

Se entiende que más allá de reconocer los contenidos contingentes y superables de tal o cual enfermedad, el sujeto en análisis debe aprender a enfrentarse con la evidencia irreversible de que la enfermedad incurable es la muerte misma como tal. Se podrá uno sanar de tal o cual enfermedad, pero se habrá de envejecer y sucumbir finalmente dada la inexorable mortalidad. La neurosis no es entonces más que un recurso privilegiado para “distraerse” intensamente de las vivencias anticipadamente angustiantes de la propia finitud -de la cual nada se quiere saber- reemplazándolas por la lucha desplazada contra los fantasmas imaginarios de la castración, sobre el supuesto de que al eludirlos o superarlos, se habrá ganado una posición que desmiente al menos cada vez la certeza de la muerte real.

De ahí que el hipocondríaco se instale en la búsqueda y detección de enfermedades imaginarias, para no ocuparse concretamente de las verdaderas y severas patologías, a las que teme dado que las supone –no sin cierto grado de razón- realmente incurables, dado que se habrá de morir finalmente por causa de alguna de ellas.

En este sentido la frecuente fobia al cáncer se ancla en el hecho de que la proliferación incesante de las células malignas evoca en el
inconsciente la “continuidad de lo real”, a diferencia de otras entidades clínicas, las que no se distancian demasiado para el imaginario de la discontinuidad propia de lo simbólico.

Analizarse es atravesar por la experiencia intransferible de pensar la nada sin que el sistema simbólico se anule como tal, como lo expresa Jankélévitch (2004, Pág.102) “Porque el pensamiento de la nada es una nada de pensamiento. El pensamiento se anula tratando de pensar la nada, porque el pensamiento liga un concepto a otro, liga una imagen a otra, para compararlos, para diferenciar uno del otro”.

Se trata pues de asumir que la muerte es el pasaje de algo a la nada, tarea harto difícil de elaborar, dado que el pensamiento – invadido por la angustiateme suprimirse a si mismo cuando intenta expresar este tránsito con palabras, las que por otro lado niegan o desmienten al ser proferidas el vacío infinito al que pretenden vanamente aludir.

El logro de un análisis consiste en que el pensar se sostenga aún cuando (se) piensa su propia desaparición, y que el pensamiento sobre la nada, articulado sobre la presencia sostenida y diferencial de los significantes y la escucha atenta del analista , no se disuelva como tal, en el difícil intento de pensar la falta absoluta de los mismos.

Entonces el análisis busca trascender las opciones neuróticas en las que se debate estérilmente el sujeto dado que, o bien desmiente y niega su propia finitud, obsesionado por las contingencias anecdóticas del vivir; o bien intenta pensar la nada y “nihiliza” su propio pensamiento, que no está “hecho” para pensar sino presencias simbólicas -letras y significantes en su ligazón- , y se muestra por lo tanto ineficaz para pensar la falta.

Quizá las manifestaciones artísticas configuren la opción y el modo más logrado de poder “pensar estéticamente” el inquietante y horroroso vacío que se atisba como nuestro inexorable fin, a través de los bellos recursos alusivos que nos provee: palabras poéticas, imágenes pictóricas, sonidos musicales.

No se trata pues de eludir hablar sobre la muerte como si ella no nos concerniera, sino de asumirla existencialmente, hasta el límite mismo en que las palabras deben ceder su lugar al silencio, entendido como signo de una “castración lingüística”, que alude finalmente en acto al inexorable fin.

Así como la posibilidad de anticipar la muerte como cierta – y que se evidencia en la frase absurda de Valdemar en el texto de Poe “Yo estoy muerto”- resultala condición misma de todo lenguaje (Derrida 2001, págs. 60-61); el análisis, en tanto práctica de la palabra plena, otorga la oportunidad de pensar la nada sin concesiones y sin coartadas imaginarias, como condición de toda subjetivación.

Quizá se trata de poder sostener existencialmente – luego de haber transitado por una experiencia analítica auténtica- las bellas palabras de Derrida (2001, Págs. 39-41): “En cualquier caso, a lo que resisto es a la muerte. Elijo, por lo tanto, no la vida (en el sentido biológico) a cualquier precio, sino –digamos- la mayor intensidad de vida posible en cada momento […] una atención en todo momento a la inminencia de la muerte no es necesariamente triste, negativa o mortífera, sino por el contrario, para mí, la vida misma, la mayor intensidad de vida […] No imagino un deseo que nazca o se alce si no es a partir de la experiencia de la muerte posible”.

No olvidemos que el deseo surge con ímpetu sólo cuando se dirige a un destino no garantizado de antemano, tal como cuando existe el riesgo de la no correspondencia amorosa o cuando un gesto o una palabra se pueden extraviar en su recorrido y no hallan la respuesta del Otro, configurando esas indeterminaciones indecidibles un modo de funcionamiento inherente a la condición humana misma, cuyo paradigma último está representado por la figura de la muerte-castración.

Desear supone convivir con el “riesgo excitante” de no ser reconocido a aún desconocido por el Otro, carencia que en tanto causa eficaz de la muerte simbólica, a la vez que alude anticipatoriamente a la muerte real, configura un poderoso motor libidinal.

La verdadera condición positiva del deseo, reside en palabras de Derrida, en lo “indecidible como condición de la decisión”, de modo tal que la confrontación con la idea asumida de la propia finitud no debiera generar la parálisis o la duda inhibitoria propia de la neurosis, sino todo por el contrario, el constante movimiento libidinal del sujeto que vive con plenitud todas sus opciones desiderativas, dado que ha podido subjetivar la muerte.

Bibliografía

  • Derrida, Jacques: Palabra! Madrid, Trotta, 2001.
  • Jankélevitch, Vladimir: Pensar la muerte, Bs. As. Fondo de cultura económica, 2004

Referencias

1 La “aceptación creativa” de la muerte se contrapone radicalmente a las actitudes de tinte “depresivo y aún melancólico” que suelen acompañar a la toma de conciencia radical acerca de la propia finitud.

2 Resulta aleccionador al respecto el episodio bíblico fratricida de Caín y Abel. Luego de este crimen primordial Dios pregunta a Caín por Abel a lo que éste responde: “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”. Quizá sea ésta la pregunta inicial de la ética, dado que Caín portará por siempre la marca de la culpa. Véase al respecto Robert Graves y Raphael Patai Los mitos hebreos, Losada, Bs.As. 1969 Págs. 105-112.