Transferencia y regresión: ¿dos conceptos del mismo rango?

Dr. Alberto C. Cabral

Riesgos del shibbolet

Quiero agradecer a los colegas de la Comisión de Publicaciones de SAP la invitación a participar de este dossier. Me brinda la oportunidad de volcar por escrito y a la vez desarrollar algunos de los ejes que guiaron mi presentación oral en el cuarto encuentro del ciclo organizado por la Secretaría Científica de SAP: “Transferencia y regresión: ¿componentes imprescindibles de los procesos psicoanalíticos?” Que se haya tratado del último encuentro de la serie me permitió contar con las desgrabaciones de las presentaciones previas de Rafael Paz, Bruno Winograd y Vicente Galli. Es por ello que me pareció oportuno, para contribuir al debate, organizar mi intervención -y ahora mi escrito- retomando algunos de los puntos de acuerdo y de desacuerdo con los colegas que me precedieron.

Un primer punto que quiero destacar es el referido a las distintas perspectivas que se desplegaron en las ponencias -y en los intercambios que les siguieron- en relación al mismo texto de la convocatoria. Hubo opiniones que sostuvieron la conveniencia de prescindir de los signos de interrogación, para subrayar enfáticamente que transferencia y regresión son, efectivamente, componentes imprescindibles de los procesos psicoanalíticos . Hubo otras, por el contrario, que reivindicaron la pertinencia de estos signos para -es mi lectura- restarle el carácter de una petición de principios a la convocatoria, y ampliar así el campo del debate. En esa dirección, se explicitó también la conveniencia de calificar como “relevantes”, más que como “imprescindibles”, a los conceptos interrogados.

Bruno Winograd sintetizó en una pregunta inquietante la cuestión que subyace a estos diferentes matices, y que los convierte en algo más que un devaneo de analistas quisquillosos con el uso de las palabras: ¿qué pasa con aquellos grupos y aquellas orientaciones teórico-clínicas en el psicoanálisis que no reivindican como “imprescindible” alguna de estas nociones? ¿Quedan entonces por fuera del campo psicoanalítico?

Es un interrogante fuerte que -más allá incluso de esta situación puntual- nos advierte sobre la conveniencia de promover marcos suficientemente inclusivos para que nuestros debates puedan alojar el “multilingüismo” que es un rasgo del psicoanálisis contemporáneo. Ese multilingüismo al que aludía, implícitamente, H.Etchegoyen cuando -siendo presidente de IPA- afirmaba que ninguna corriente o grupo institucional puede invocar, en forma excluyente, la representación del conjunto del movimiento psicoanalítico. Es una afirmación que cobra progresivamente más vigencia, y que conviene tener presente: nos alerta respecto de esa modalidad del prejuicio etnocéntrico, agazapada en todos nosotros, que nos lleva a considerar que nuestra forma particular de concebir y de practicar el psicoanálisis es aquella que -en forma excluyente- define su esencia.

Pero el interrogante de Bruno nos advierte, también, de los riesgos propios de -si se me permite el neologismo- shibboletizar nuestros conceptos teóricos. En distintos momentos de su reflexión, Freud se vio llevado a precisar la especificidad de la disciplina por él fundada, elevando algunos de sus conceptos (incluso corpus de la teoría, como la doctrina de los sueños) a la dignidad de “shibbolets1. Es una referencia, como veremos, grávida en resonancias.

Freud recoge el término de un pasaje bíblico. La pronunciación de esta palabra fue utilizada para identificar a los miembros de la tribu de Efraim: su dialecto carecía del sonido /ʃ/, a diferencia de otros, como el de los galaaditas, que sí lo incluía. En el capítulo 12 del libro de los Jueces se narra lo acontecido después de que los galaaditas derrotaran a sus vecinos. Cuando los efraimitas sobrevivientes intentaban huir cruzando el río Jordán, eran obligados por sus enemigos a decir shibbolet. Imposibilitados de hacerlo correctamente, eran reconocidos y asesinados.

El sociólogo brasileño S.Buarque de Holanda (el padre de Chico Buarque) relata un episodio que parece calcado de este relato bíblico. Ocurrió durante el conflicto que siguió al intento secesionista del Estado de Río Grande do Sul, en 1893. El ejército rebelde, derrotado, se dispersa; entre ellos, un contingente de mercenarios uruguayos. Para reconocerlos, los oficiales del ejército federal los someten al “test galaadita”: los conminan a pronunciar la palabra “pausinho“. Como no pueden hacerlo con el debido acento portugués, los reconocen y los pasan, también, a degüello [Telles da Silva,2005].

Ambos episodios ilustran los extremos a los que puede llegar el narcisismo de las pequeñas diferencias, cuando está sostenido e impulsado por el desenfreno del goce de la exclusión[Cabral,2018]. Ilustran, también, el soporte que proporciona el lenguaje (un sistema de diferencias, según Saussure) para brindar los rasgos diferenciales sobre los que puede eventualmente hacer pie el goce segregativo. Y sugieren, a la vez, que la noción de shibbolet parece más apropiada para convocar y azuzar retoños de este goce, que para contribuir a precisar la especificidad de nuestra disciplina. Menos aún, para brindar un marco adecuado en el que dirimir nuestras diferencias. Es que la multivocidad que han ido adquiriendo nuestros conceptos fundamentales, torna cada vez más ilusoria -amén de totalitaria- la pretensión disciplinante de promover una forma de pronunciación única y excluyente: es a lo que convoca la invocación del shibbolet.

Recordemos que cuando Freud[1914] introduce la noción, lo hace precipitando un gesto de autoridad. Invocando su condición de fundador, la utiliza para anatemizar las desviaciones que, a su juicio, encarnan Jung y Adler. Probablemente no contempló el uso del mismo recurso que podían hacer algunos discípulos, devenidos en celosos gendarmes de la pureza teórica. Pero seguramente no contempló, a la vez, que elevar un concepto a la (in)dignidad del shibbolet lo coloca en un lugar problemático. Comienza a pesar sobre él un “Noli me tangere“, que resiente las posibilidades de cuestionarlo o someterlo a discusión, sin correr el riesgo de ser considerado un hereje por los guardianes de la ortodoxia. Al respecto, la utilidad de la figura del hereje para el pensamiento dogmático fue ya entrevista por San Pablo, en su Epistola a los Corintios: “Conviene que también haya herejes para que se vea muy bien la imagen de los justos”.

La regresión en cuestión

Pero volvamos a la convocatoria. Como ahora veremos, las dos nociones invocadas no despiertan el mismo consenso entre los analistas: podría decirse que no comparten el mismo rango. Difícilmente exista una corriente psicoanalítica que no reivindique el uso de la transferencia como una herramienta -ahí sí- imprescindible y que permite trazar una “diferencia específica” -para decirlo aristotélicamente- con otras prácticas. No ocurre lo mismo con el concepto de regresión, que si bien es reivindicado por muchas corrientes del psicoanálisis contemporáneo, no lo es con la misma unanimidad que la noción de transferencia.

Es así como a lo largo de los distintos encuentros del ciclo se fueron volcando testimonios que abonan el carácter controversial de la noción de regresión. B.Winograd, por ejemplo, recordaba que César Botella puede aseverar que el valor otorgado a la noción de regresión es mucho mayor en la orientación winnicottiana que, por ejemplo, en autores como Bion o Lacan. Rubén Zukerfeld, por su parte, en uno de los encuentros, comentaba que entre los miembros de la Escuela Psicosomática de París, orientada por Pierre Marty, “se sostiene casi taxativamente que en los pacientes que consultan para analizarse con enfermedad psicosomática, hay que evitar los fenómenos regresivos”.

Para ampliar aún más el espectro del disenso voy a mencionar un reportaje a Donald Meltzer, publicado en la Revista Psicoanálisis de APdeBA en el 2015. Es un reportaje extenso, rico, muy bien conducido por otro analista inglés, James Fisher. Utilizamos un fragmento de este reportaje -el análisis del sueño de una paciente- en un Taller del Espacio Lacan en IPA del que participó Virginia Ungar, en el último Congreso Argentino de Psicoanálisis. Para nuestro tema, resulta interesante detenernos en otro tramo, donde Fisher pregunta:

-¿Usted busca el fomentar un tipo de regresión manejable?

Y Meltzer responde:
–No, intento desanimar cualquier forma de regresión, manteniendo al paciente en un contacto funcional.

Fisher re-pregunta:
–¿Eso podría ser visto como una diferencia fundamental con el enfoque kleiniano?

Y Meltzer responde:
–No sé si es kleiniano. Sin duda mi sentimiento es que la regresión constituye una pérdida de integración, una pérdida de observación y una pérdida de la capacidad de pensar. No veo nada bueno en la regresión.

Fisher, contemporizador, sugiere:
–Creo que la gente que trabaja de esa manera diría que es una especie de proceso de reelaboración, un proceso que hace que el paciente regrese y reviva.

Pero Meltzer insiste:
–Esa es una visión winnicottiana. Creo que es peligroso y perjudicial, genera omnipotencia en el terapeuta y saca de quicio al paciente.

Me parece un testimonio interesante, que corrobora el estatuto controversial que, hoy por hoy, conserva el concepto en el movimiento psicoanalítico.

Lacan, por su parte, expresó también sus reservas frente al concepto de regresión. Y destacó, en varias oportunidades, “que el término es empleado con una multiplicidad de sentidos, no desprovista de cierta ambigüedad”[Lacan,2/3/1955,a]. Me parece una observación importante, porque señala un aspecto que complejiza el intercambio: la ampliación semántica que ha sufrido el concepto, que se verifica en el abanico de referencias que desplegaron en sus ponencias B.Winograd, R.Paz y V.Galli. El término condensa una polisemia tan abigarrada, que es difícil comprender a-priori a qué se refiere un autor cuando lo invoca. Es lo que hace necesario plantearse el interrogante -después voy a retomar esta cuestión- de qué se quiere decir cuando se lo emplea.

Es una “expansión semántica” que permite entender la condición “imprescindible” que algunos colegas le otorgan. Por ejemplo, cuando R.Paz comenta que “si propendemos a la regresión, es para buscar el núcleo del ser, la antigua neurona perturbada”… es claro que el concepto adquiere en su perspectiva una relevancia casi tan determinante como el levantamiento de la represión: en una orientación “clásica” de la cura, la vía privilegiada de acceso al Kern unseres Wesen.

Pero en mi lectura esta expansión semántica alcanza un clímax en la rica intervención de V. Galli, cuando afirma: “Las regresiones son movimientos, componentes del funcionamiento psíquico habitual como el dormir, el soñar, como la dependencia, la ternura, la pasión… o cientos de ejemplos cotidianos y menores -como los lapsus– en los que las regresiones son componentes importantes.”

Es una perspectiva que expande notoriamente el campo semántico pero también la jurisdicción del concepto, que es promovido a la condición de “partícipe necesario” -estoy extremando la metáfora jurídica- en la constitución de objetos privilegiados de la práctica analítica: la pasión, la ternura, los lapsus, los sueños… Resulta comprensible entonces que su cuestionamiento suponga -para Galli- el riesgo de desnaturalizar nuestra disciplina, desconociendo su misma esencia.

Pero… ¿qué analista minimizaría el lugar que ocupan en su escucha el amor, el odio, y las formaciones del inconsciente? Lo que en cambio creo que está en discusión es si todos los analistas abordan esos objetos privilegiados de nuestra práctica recurriendo a la noción de regresión… o sirviéndose -en algunos casos- de otros recursos conceptuales.

Es lo que ocurre con Lacan. En momentos sucesivos de su enseñanza, fue desplegando distintos cuestionamientos teóricos y clínicos referidos a algunos usos de los que fue y sigue siendo objeto la noción de regresión. Voy a puntuar, sin pretender ser exhaustivo, tres momentos de este largo recorrido, que me parecen particularmente significativos para nuestro intercambio.

El primero de ellos: su preocupación por destacar el maridaje -como dirían los enólogos- de las nociones de regresión y evolución. Un maridaje que prestó y presta servicios a los esfuerzos de algunos autores por reformular nuestra disciplina en clave de psicología evolutiva. Se apoyan para ello en una temporalidad lineal, ligada al sentido común, que reserva para el “antes” la condición de explicación última del “después”.

Lacan destaca al respecto, en varios momentos de su enseñanza, el escándalo que introduce la noción freudiana de nachtraglichkeit. Es que con ese concepto irrumpe una temporalidad paradojal, surgida de la propia experiencia analítica, que eleva el futuro (la escena 2 en el caso Emma[Freud, 1895])… ¡a la condición de causa del pasado! (la escena 1).

Un registro análogo de escándalo parece haber experimentado C.Marx[1857]. Seguramente es por eso que sugiere leer cum grano sali2 el enunciado provocativo con que nos transmite su encuentro con la misma temporalidad no convencional: en su caso, en el terreno de las formaciones económicas: “La anatomía del hombre [que ocupa aquí el lugar de la escena 2 freudiana] es la clave para la anatomía del mono” [lugar de la escena 1]. Y continúa: “La economía burguesa suministrará así la clave para las economías antiguas”.

En ambos casos, se trata de un escándalo que cuestiona el prestigio del “origen”, en tanto portador de lo más precioso y esencial del fenómeno a estudiar. Un prestigio que seguramente sostiene el brillo que la noción de regresión tiene para algunos colegas. En otro lugar evoqué este ideologema como “ilusión genetista”[Cabral,1999], para referirme a la ilusión de encontrar “el núcleo de nuestro ser” en los pliegues más arcaicos del aparato. Recordemos, al respecto, que en su metáfora de la triple estratificación, Freud[1893] señalaba que la vía privilegiada de acceso al nódulo patógeno no estaba dada por la cronología (en torno a la cual se escalona la regresión), sino por los caminos zigzagueantes, al estilo de los movimientos del caballo en el juego de ajedrez, que trazan en cambio los hilos lógicos que ligan a las distintas representaciones.

Segundo momento: en el Seminario II, más precisamente en la clase del 2 de marzo de 1955, apoyándose en el comentario crítico sobre el Capítulo VII de La interpretación de los sueños que encomendó a J.P.Valabrega, Lacan se detiene en el momento preciso en que Freud introduce la noción de regresión. Somete el “esquema del peine” a un minucioso examen, para demostrar -resumo brutalmente el argumento; vale la pena seguirlo en detalle- que llevado por la lógica misma del modelo que ha introducido (sostenido en la disociación del polo perceptual y el polo consciente) Freud “se ve obligado a emprender construcciones suplementarias”: entre ellas, la noción de un movimiento regrediente “con respecto al esquema”, que abre paso a la hipótesis de la regresión.

Y Lacan compara el esquema del peine con el esquema del aparato psíquico del Proyecto, sobre el que ha trabajado en las clases previas, y del que recuerda que “está igualmente construido a partir de la experiencia particular de Freud -la de las neurosis, que anima desde el comienzo su esfuerzo teórico- y donde no hay huella de la noción de regresión. En ese esquema [el del Proyecto], ninguna necesidad de regresión para explicar el sueño, su carácter alucinatorio, el deseo que lo sostiene” (p.217; cursivas mías).

J.Laplanche[1987] ha intentado reformular el esquema del peine incorporando la figura del toro: uno de los modelos topológicos de los que se sirvió Lacan en su enseñanza. Un exhaustivo trabajo de C.Rosas de Salas[2015] permite ubicar la propuesta de Laplanche en el contexto de la elaboración del esquema freudiano. Como hemos visto, sin embargo, la crítica de Lacan al mismo esquema es más radical.

Tercer momento, en La dirección de la cura[Lacan,1958,a]. Es un texto escrito ya promediando su enseñanza, en el que pueden leerse -en la forma de lo que hoy denominaríamos work in progress– anticipos explícitos de desarrollos posteriores (por ejemplo, el concepto de deseo del analista). Pero lo que aquí nos interesa es que en su cuarta parte ( Cómo actuar con el propio ser, puntos 7, 8 y 9), y en el marco de una profundización de los conceptos de demanda y de frustración, Lacan introduce precisiones “sobre lo que se considera regresión” (p.249, cursivas mías).

Es una formulación sugerente: Lacan anuncia discretamente que se está refiriendo a un campo de fenómenos que -desde otros autores- “se considera regresión”… pero que él prefiere abordar con otras herramientas conceptuales. Recorta entonces un campo clínico compartido con otros analistas, pero se reserva el derecho a intentar una formalización alternativa, que permita sortear las inconsistencias -y los inconvenientes- que, a su juicio, arrastra la noción de regresión.

En ese contexto, y después de referirse al lugar del analista en tanto quien soporta la demanda del analizante (ni la satisface, ni la desalienta: como ya indicara Freud respecto de la demanda amorosa de sus pacientes) nos dirá: “Por intermedio de la demanda, todo el pasado se entreabre hasta el fondo de la primera infancia. Demandar: el sujeto [neurótico] nunca ha hecho otra cosa, y nosotros [analistas] tomamos el relevo”.

“Es por esa vía -continúa- que puede realizarse la regresión analítica, y como en efecto se presenta. Se habla de ella como si el sujeto se pusiese a hacer niñerías. Sin duda tal cosa sucede, y esos melindres no son de muy buen augurio [como vemos, Lacan compartiría las prevenciones de Meltzer]. En todo caso, se sale de lo observado ordinariamente en lo que se considera como regresión. Pues la regresión no muestra otra cosa que el retorno [de lo reprimido] al presente de significantes usuales en demandas para las cuales hay prescripción” (p.249).

Precisemos: para la demanda, puede haber prescripción. El deseo, en cambio -desde Freud-, es indestructible (imprescriptible, en términos que Lacan toma prestados al discurso jurídico). Un analista “fascinado por las secuelas de la frustración” (p.250) y ganado por la ilusión genetista, corre el riesgo de otorgar consistencia a esas demandas infantiles, renovando su vigencia al promover su despliegue (creo que hay aquí un punto de encuentro con las prevenciones de Meltzer). La orientación de Lacan, en cambio, apunta a la prescripción efectiva de estas demandas infantiles, que es correlativa de lo que denomina “el cese de la querella al Otro”: una bonita forma de evocar la pacificación que sobreviene ahí donde el sujeto asume la castración del Otro. Esto es, ahí donde logra subjetivizar que no se trata de que el Otro no quiere, sino de que no puede satisfacer su demanda.

La transferencia simbólica y una brecha necesaria

Me voy a apoyar en la riqueza de algunos materiales clínicos que se fueron presentando en los encuentros previos para introducir algunas observaciones sobre las vertientes simbólica y real de la transferencia. B.Winograd recordaba en su intervención que la noción de Sujeto supuesto al Saber (SsS) constituye, para Lacan, el fundamento de la transferencia simbólica. Se trata de un punto de llegada en la elaboración de Lacan: podemos decir que lo presenta en sociedad, con una formalización rigurosa, recién en el Seminario XI. Para dar cuenta de su eficacia propone ahí un algoritmo -complejo, pero de mucha utilidad clínica- que exploramos en sus detalles en un seminario reciente en APA. Pero ya en seminarios y escritos previos, Lacan fue proponiendo aproximaciones -no tan sistematizadas, aun cuando igualmente útiles- para abordar la dimensión simbólica de la transferencia, que después serán subsumidas en el concepto de SsS. Una de ellas, en la que me voy a detener, es la distinción entre “decir” y “querer decir”.

Pero volvamos para ello a un material clínico de Leonor Consursky, que comentaba R.Paz en su intervención. Se trataba de una paciente que se quejaba en forma muy histriónica de unos intensos dolores de espalda. Tan intensos que en su gestualidad parecía dirigirse a un auditorio imaginario: lo suficientemente amplio -lo indicaba muy bien R.Paz- como para contener la inmensidad de un dolor imposible de alojar en el estrecho vínculo bipersonal con Leonor.

En ese escenario la paciente, reclinada en su cama, emitía a voz en cuello una queja repetitiva, acariciándose el cuerpo: “Me duele muchísimo la espalda…! Y mi marido que ha muerto! Y a mí me duele muchísimo la espalda!…” Hasta que en un momento, comentaba R.Paz, Leonor “intenta resurgir con una especie de interpretación”, en términos de: “Lo que pasa es que usted lleva a su marido vivo dentro suyo”. La paciente entonces se enardece, y le grita furiosa: “¿Pero cómo “vivo”? ¡Le acabo de decir que está muerto! ¡Usted no me oye, no entiende nada! No sé qué hago aquí!” Y continúa con su queja…

R.Paz comentaba que la interpretación de Leonor se estrellaba contra la literalidad radical del discurso de la paciente: una paciente para quien su dolor de espalda era estrictamente “su dolor de espalda”, con una homogeneidad rotunda que le impedía adquirir otro sentido. Me parece una muy rica referencia para ubicar lo que Lacan[1955] en Variantes de la cura tipo -al comienzo de su enseñanza- distingue como la brecha entre el “decir” y el “querer decir”. Es una brecha que en esta paciente está aún ausente. Pero que -en la medida en que es internalizada- abre la posibilidad de la experiencia analítica, en tanto instala esa atmósfera particular por la cual todo lo que se dice en la sesión… puede en realidad querer decir “otra cosa”.

Para Lacan el momento de inicio de un análisis va mucho más allá de una aceptación consciente de, por ejemplo, las reglas del encuadre (como muchas veces se banaliza la noción de “alianza terapéutica”). Supone, en realidad, el acceso a una posición subjetiva novedosa -una “actitud espiritual básica”, diría M.Scheler- que introduce la presunción de que “todo”… puede ser objeto de interpretación. A contramano de la posición convencional que defiende porfiadamente la paciente de Leonor, para quien la intención del “decir” se limita estrictamente a “lo que se dijo”.

Lacan precisa las particularidades de esta nueva posición subjetiva, a la que llama “posición analizante”, con su matema del SsS: pero la distinción entre “decir” y “querer decir” permite ya un acceso a la mutación que transforma la queja de un paciente, en la demanda de un analizante. Que da cuenta, también, de un consentimiento subjetivo que autoriza y legitima la interpretación del analista, configurando un espacio diferente al del adoctrinamiento o la dirección de conciencias.

En el trasfondo de estas cuestiones clínicas resuena el acento ético de la pregunta que Freud se (nos) plantea en sus Consejos al médico: ¿cuándo empezar a interpretar? En otros términos: ¿en qué nos autorizamos a sugerir otro sentido en el discurso que se nos dirige, sin incurrir en un forzamiento?3 Podríamos responder: en la constatación de que esta brecha está instalada. Sin ella, la intervención del analista, por correcta que pueda parecer en el plano teórico, carece del mordiente necesario para hacer pie en su -todavía- “paciente” (pero aún no “analizante”).

Son cuestiones que devuelven su espesor a la clínica de entrada en análisis, al brindar herramientas teórico-clínicas que permiten orientar al analista en estas fases preliminares. Que en ocasiones pueden requerir -es el caso de la paciente de Leonor- de un tiempo lógico (más o menos extendido en términos temporales) y de intervenciones no convencionales (pueden semejar explicaciones, como las de Freud al Hombre de las Ratas) que contribuyan a la instalación de esta brecha. Me parece que hay aquí un punto de intersección con la interesante observación de R.Paz, cuando nos dice que “el analista, además de interpretar, genera una interlocución interpretativa” (cursivas mías).

Se trata de un tiempo lógico que en muchos casos se consuma silenciosamente antes de la primera entrevista: sobre todo en un ambiente tan permeado por el psicoanálisis como el porteño, donde para muchas franjas de la población la figura del analista (sea quien sea su soporte) ya encarna la función del SsS. Pero advertido de la importancia de este tiempo lógico, el analista estará en mejores condiciones de percibir su ausencia: por ejemplo, en los pliegues de un discurso racionalizado que, con una disposición formal a acoger nuevos sentidos, encubra una des-implicación semejante a la de la paciente de Leonor. Estará también en mejores condiciones para aguardar (y contribuir con intervenciones) a su instalación, sin identificar plenamente su función a la del intérprete. Esto es, habiendo incorporado en su caja de herramientas la pertinencia de intervenciones no convencionales, que lejos de cuestionar su lugar de analista (generando el empuje a “resurgir” interpretando, como detecta R.Paz en Leonor) crean en cambio las condiciones necesarias para operar en su rol clásico de “intérprete”.

Pero además de la brújula que supone en estos “umbrales” del análisis, la brecha entre “decir” y “querer decir” (lo sugerí previamente) sostiene la aproximación de Lacan a la práctica de analistas con quienes no comparte una misma orientación. He denominado a esta operación “legitimación crítica”[Cabral,2009]: Lacan celebra la pertinencia de sus intervenciones, pero discrepa con los fundamentos que invocan para explicar su eficacia. Les reconoce un “saber-hacer” en la clínica (en ese sentido, está en transferencia rigurosa con ellos), pero considera que sus categorías contienen una mayor potencia explicativa. Una recorrida a sus seminarios permite apreciar el uso frecuente de este recurso, sostenido en la convicción de que el colega “quiere decir” mucho más de lo que literalmente “dice”, condicionado como está por la limitación -es la perspectiva de Lacan- de sus propias referencias teóricas.

La transferencia real y el deseo del analista: de perros e incondicionalidades

Me voy a referir, para terminar, a un aspecto de lo que Lacan denomina transferencia real, que ocupa también un lugar importante en los umbrales de la cura, pero que puede actualizarse -a la vez- en otros momentos de su desarrollo. En particular ante ciertas coordenadas subjetivas que, en mi lectura, están presentes en el rico testimonio clínico que aportó V.Galli.

Se trata de coyunturas en las que el analizante se ve compelido a verificar en qué medida cuenta -en el deseo de su analista- con un alojamiento efectivo en tanto objeto real. En la fenomenología de la experiencia, esto suele traducirse en la emergencia de una demanda de incondicionalidad por parte del analizante,4 que pone a pruebala aptitud del analista para registrarla y, sobre todo, las respuestas que puede implementar para “no faltar a la cita”[Lacan,1962]. Respuestas que -por supuesto- no se agotan en su “buena disposición” consciente. Convocan, en cambio, ese “juicio más íntimo”[Lacan,1958,b] que sostiene las “vacilaciones calculadas de su neutralidad”[Lacan,1960], y en el que seguramente reencontramos el fundamento de la “responsabilidad total del analista”[M.Little,1957] y del holding transferencial de Winnicott. Es una zona de la clínica de orientación lacaniana a contramano del perfil -que circula aun en nuestro imaginario colectivo- del analista frío, distante e interesado exclusivamente en jueguitos de palabras, en el que se suele reconocer a “los lacanianos”.

Podemos volver, en esta perspectiva, sobre el testimonio clínico de F.Duparc que nos acercó en su intervención B.Winograd. Se trataba de una paciente de 17 años, anoréxica, obligada por su estado a llevar un corsé de yeso para sostener su columna: pesaba sólo 45 kg, frente a su 1,75m de altura. Consulta presionada por la familia, que estaba muy preocupada por el cuadro depresivo intenso que siguió a la muerte de su perro, al que estaba muy apegada. El analista nos cuenta que percibió claramente la urgencia del caso, y que optó por utilizar con ella una técnica psicodramática destinada a favorecer una transferencia de relación analítica fetichista y antidepresiva, como la que mantenía con su perro. Éste constituía un sustituto materno evidente: su madre se ocupó poco de ella ante la enfermedad de su hermano esquizofrénico y el abandono paterno”. Le dice entonces: “Yo entiendo lo que tú debes sentir porque yo también amo mucho a los animales. Por supuesto, nadie puede reemplazar a tu perro; pero yo intentaré funcionar como un perro contigo: seré fiel, afectuoso y listo para defenderte contra quien te quiera dañar, como lo hacía tu perro cuando de noche tu hermano se metía en tu habitación. Incluso en contra de ti misma si deseas maltratar tu cuerpo” [cursivas mías].

Duparc comenta que la paciente “recibió bien esa interpretación extraña, que la hizo sonreir”. Y que de regreso a su casa, manifestó que quería seguir yendo a su consultorio. “La psicoterapia podía arrancar”, nos dice. Y nos refiere la progresiva mejoría sintomática de la paciente, detallando indicadores sugerentes del trabajo de elaboración analítica en que se sostiene. Duparc comenta que “después de cuatro años, la paciente continúa su trabajo analítico bajo una forma clásica“.

Como podemos ver, la disposición a alojar transferencialmente a su analizante puede requerir, en algunos casos, de una incondicionalidad canina en el analista… Tenemos que suponer, además, que no se trató, en Duparc, de una oferta meramente verbal de incondicionalidad. Su deseo (de analista) ha de haber asistido puntualmente a las citas sucesivas propuestas por su analizante, en coyunturas seguramente complejas, cada una de las cuales ha de haber operado (si mantenemos la metáfora amorosa)5 al estilo de una “renovación de esponsales” que permitió, una y otra vez, relanzar la cura.

Pero detengámonos en el tono de desmerecimiento frente a las propias intervenciones que se insinúa en el comentario de Duparc. ¿Por qué presentar como una “técnica psicodramática” lo que retroactivamente puede verificarse como una maniobra exitosa con la que el analista logró nada menos que alojar en transferencia a un sujeto en posición -hasta ese momento- de homeless frente al deseo del Otro? Parece tratarse de una reverencia a las prescripciones que se desprenden de unas ” formas clásicas“, devenidas en patrón excluyente para acreditar la pertinencia analítica de una intervención. Mi impresión es que por obediencia a ese canon, Duparc se ve llevado también a calificar como “psicoterapia” a la fase inicial de un proceso que en realidad se constituye, après-coup… ¡en el comienzo de un análisis exitoso!

La ambivalencia que me parece detectar en Duparc ante sus intervenciones es un buen testimonio de los efectos -en el extremo, restrictivos- sobre la creatividad del analista promovidos por una shibboletización de las “formas clásicas” de concebir nuestra tarea. Una de sus consecuencias es la impugnación a-priori de la condición analítica de intervenciones no convencionales… que pueden -por su condición- adquirir ese aire “extraño” que refiere Duparc. Es el caso de aquéllas que, sin ser propiamente “interpretaciones”,6 resultan en ocasiones necesarias para instalar ese “allegamiento transferencial”[Freud,1912] que hace posible la cura analítica. Hemos visto que Lacan desdobla los fundamentos de este “allegamiento” en una vertiente real y en otra simbólica, que participan por igual de la instalación de la transferencia: los testimonios de Duparc y de Leonor, respectivamente, nos permiten discriminarlos, y poner de relieve su operatividad.

Voy a hacer ahora un breve comentario del interesante material que compartió V.Galli en su presentación. Se trata de un paciente de más de 50 años, que ha atravesado períodos importantes de adicciones severas, y que ha sufrido a lo largo de su vida accidentes también severos, que han puesto en riesgo su vida en distintas oportunidades. Una vicisitud articulable con el hecho de que, junto a su hermano más próximo (conforman el último par de un total de cinco hermanos) no fueron hijos esperados: “nacieron por accidente”.

En este marco, y ya transcurridos algunos años de un trabajo productivo en análisis, se precipita una situación que realza para nuestra práctica su condición de “práctica de la contingencia”. El paciente tenía sus dos sesiones los lunes y los viernes. Ocurre que un día jueves a las 18y40, en que Galli estaba desocupado porque la persona que asiste en ese horario había avisado que no podía concurrir… suena el timbre, y aparece sorpresivamente en la puerta del consultorio el paciente de marras (cuyo horario de los lunes era también a las 18y40). La vigilancia del edificio, que ya lo conoce, lo ha dejado pasar.

Galli nos comenta -y es un dato a retener- que se puso contento de tener un espacio vacío y poder ofrecérselo. No se adjudica entonces la representación del criterio de realidad, poniendo a su paciente al tanto de la equivocación en que ha incurrido; no considera tampoco que el paciente ha perpetrado un ataque al encuadre ya pactado, ni se siente contrariado (podría haber sucedido) por una irrupción sorpresiva que le estropea 50 minutos que pensaba destinar a otra actividad… Nada de esto sucede, y Galli se siente en cambio genuinamente contento de estar disponible para este paciente. Un paciente respecto del cual comenta en tres oportunidades -en el marco de una presentación breve- que le resulta una persona “muy interesante”: un indicador sugerente de que su disposición, que no es coyuntural, contribuyó a anudar un vínculo de reciprocidad empática.

Lo recibe, entonces, y comienza a desarrollarse una sesión particularmente interesante. A poco de iniciada, queda claro que el paciente no ha equivocado el horario por casualidad. Se ha tratado, para él, de una jornada muy importante. Ha cerrado un trato comercial con un grupo de empresarios del exterior, lo ha hecho -presumimos- vía Skype, y se siente muy orgulloso por el logro obtenido porque, además, lo ha concretado por sí mismo: su socio está, circunstancialmente, de vacaciones. Lo mismo ocurre con su mujer, también de vacaciones en un centro turístico. El paciente no hubiera contado, pues, con quién compartir -en tiempo real y en forma presencial- lo que a todas luces considera un “éxito personal”.

Galli nos comenta que el padre de este paciente era muy subestimador, y poco valorizador de los desempeños de sus hijos. Contamos, pues, con datos que permiten suponer que el sujeto ha padecido los efectos de una instalación precaria, como objeto real, en el deseo del Otro: agreguemos tan sólo que debió interrumpir su primer análisis por la muerte de su anterior analista, que tuvo sobre él efectos devastadores.

El azar de las circunstancias y la pericia del analista configuraron una situación que permitió al paciente (hijo no esperado) verificar que era doblemente esperado por Galli, que responde a su presencia inesperada con “una vacilación no calculada” de su neutralidad. Es que el analista pone en juego una disposición para “esperarlo”… que va incluso más allá del horario establecido para sus sesiones. Es la convicción con la que emerge el paciente después de esta secuencia. La explicita en un reconocimiento cálido y agradecido -no exento de humor- cuando, sobre el final de la sesión y con mucha delicadeza, Galli aclara el malentendido y celebra que la sesión haya podido tener lugar en las circunstancias atípicas en que se desenvolvió.

Se trata de un buen testimonio de lo que Lacan entiende como el alojamiento que el deseo del analista brinda a su analizante, en tanto objeto real. Un alojamiento implícito en la actitud habitualmente solícita del analista, y hasta en la misma formulación de la regla fundamental: testimonio de un interés tan intenso, como para abarcar incluso aquellas producciones subjetivas (lapsus, sueños, fantasías) habitualmente desatendidas en los vínculos cotidianos. Un alojamiento, empero, que en algunas coordenadas subjetivas -es el caso de este paciente- requiere ser explicitado. Como ocurrió en esta situación, bajo la forma de un “gesto espontáneo” [Winnicott,1952] que, en tanto acto, “vale más que todas las interpretaciones” convencionales[Lacan,1960]. Porque como bien sabemos… a las palabras se las lleva el viento, y pueden ser fácilmente desmentidas por un gesto mínimo que las contradiga. Es por eso que Lacan ha destacado el valor inequívoco del signo (no del significante) de amor, y de su importancia para “no faltar a la cita” [Lacan,1962] que -en algunas coyunturas- propone el deseo del analizante. El material de Galli da cuenta de las mutaciones subjetivas que pueden esperarse cuando esa cita tan especial puede ser aprovechada por el analista.

No quiero dejar de hacer una referencia, por último, al marco en que se desenvuelve este ciclo de intercambios: el debate, por momentos ríspido, que está teniendo lugar en IPA en torno al análisis de formación. Un debate que por momentos parece atascado en un plano meramente cuantitativo: si debe cursar con 3, 4 o 2 sesiones semanales. Es por eso que celebro la iniciativa de la secretaría científica de SAP: constituye un estímulo para atravesar ese plano, y comenzar a abordar los aspectos metapsicológicos y clínicos en juego.

Conozco y respeto, aunque no comparto, la posición de muchos colegas y referentes de SAP al respecto: la han explicitado en sus intervenciones a lo largo del ciclo. Consideran imprescindible conservar para el análisis de formación la exigencia reglamentaria de una alta frecuencia de sesiones: es para ellos el ámbito necesario para desplegar movimientos regresivos que entienden como imprescindibles para un adecuado proceso analítico.

Es claro que este no es el espacio para retomar ese plano del debate. Pero sí me parece interesante destacar que los materiales aportados por V.Galli y por R.Paz, dan cuenta de curas que permitieron profundizar “lo que ellos consideran como regresión” (estoy parafraseando la referencia de Lacan)… ¡en tratamientos analíticos de dos veces por semana! No por obediencia, pero tampoco por rebeldía ante una reglamentación. Sostenidos, en cambio, por una convicción analítica que les permitió adecuar el encuadre a las necesidades de la cura. Son testimonios que corroboran, además – y en este punto disiento con una observación de V.Galli- que un material clínico consistente, suele decir más de lo que se supone que quiere decir quien lo presenta . Es por eso que los buenos historiales nos siguen dando que hablar.

Notas

  1. Ocuparon ese lugar, sucesivamente, la teoría de los sueños, [Freud,1914] “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico”, A.E., XIV, p. 55; el complejo de Edipo [Freud,1920], en un agregado a “Tres ensayos de teoría sexual”, A.E., VII, p. 206, n. 28; la diferenciación de lo psíquico en consciente e inconsciente[Freud,1923], en “El yo y el ello”, A.E. XIX, p. 15; y nuevamente la doctrina de los sueños[Freud,1932] en “29ª conferencia”, A.E., XXII, p. 7.
  2. Literalmente, “con un grano de sal”: esto es, con una cuota de humor.
  3. Es un interrogante que resuena en el planteo franco de Lía Pistani, en el curso de las primeras entrevistas con un adolescente: “¿Cómo introducirlo en el pensar analítico, sin que salga rajando?”
  4. Es una demanda que puede presentarse al comienzo de un análisis (lo veremos en el material de F.Duparc) o en algunos momentos cruciales de su desarrollo (lo veremos en el material de Galli).
  5. Recordemos que, en la perspectiva de Lacan, la transferencia es amor.
  6. No lo son porque, en un sentido estricto, la interpretación analítica permite recuperar un contenido reprimido.

Referencias

  • Cabral, Alberto C.(2000): Cuestiones en psicoanálisis. P.98, Letra Viva, Bs.As., 2000.
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  • (1962/3): Seminario X: La angustia, p.56. Clase del 5/12/1962. Paidós, Bs.As., 2006.
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