Una frontera en debate buscando un horizonte posible

El futuro pertenece a aquellos que dan a la generación siguiente una razón para la esperanza
Pierre Teilhard de Chardin

El impacto de los escenarios violentos que circundan una infancia y juventud vulnerables, sensibles por definición en sus búsquedas de ambientes subjetivantes, nos compele a lidiar con las formas del sufrimiento y malestar que expresan en todas sus dimensiones: Abuso sexual en sus diferentes formas: embarazos de niñas y adolescentes, violación en “manada”, violencia en la pareja, violencia contra la mujer y el niño, niños huérfanos por femicidio, complicidad familiar; Adicciones diversas; Patologías ligadas a las nuevas tecnologías; Cyberbulling; Dificultades de Aprendizaje; Acoso escolar; Patologización y medicalización de la infancia y de la adolescencia; Problemáticas ligadas a la Identidad; Depresión velada; Suicidio adolescente; Falta de credibilidad en las Instituciones y sus consecuencias.

Todas estas manifestaciones más otras que se van agregando ligadas a los avances de las ciencias y de las tecnologías, que complejizan el entorno circundante como las relacionadas con la Inteligencia artificial, la robótica y el transhumanismo nos demandan como psicoanalistas profundizar en los abordajes interdisciplinarios que ponen al psicoanálisis en debate, así como sus horizontes y fronteras.

Sin olvidar que para los niños y jóvenes, son particularmente significativas las condiciones familiares, o su carencia, la fragilidad de los lazos sociales, ya que una familia y /o una sociedad que no genera sentido genera violencia.

Además hay que destacar que las particulares formas de desamparo, desintegración y falta de sentido atraviesan todas las clases sociales y refieren a modos diferentes de experimentar lo que podríamos llamar la marginación, el sin-sentido.

Al mismo tiempo, se observa un aumento de la heterogeneidad e inestabilidad de referencias identitarias lo que incrementa también la incertidumbre y la presencia-ausencia de un futuro incierto e inasible en tanto proyecto y perspectiva posible.

Por todo lo planteado, encontrar la forma de trabajar conjuntamente las diferencias, las desigualdades y la desconexión tan temida en los adolescentes nos lleva a instalar diferentes vértices de reflexión y comprensión que promuevan la creatividad en pos de zanjar brechas y/o cesuras muchas veces infranqueables.

Pasados 100 años, en el siglo XXI

¿Cómo están los psicoanalistas y el psicoanálisis? ¿Qué márgenes estamos ocupando, qué fronteras delimitando y que horizontes vislumbrando para constituirnos y mantenernos libres para enfrentar las paradojas de nuestro tiempo?

¿Cómo hacemos para ofrecer una frontera de contención necesaria que habilite un horizonte de respeto a la libertad de sus propias búsquedas?

¿Cómo sostenemos nuestro trabajo basado en los vínculos, en un mundo en el que lo instantáneo, lo inmediato y su fugacidad predominan atacando el espacio de encuentro con el otro mediatizado por el tiempo?

Y ante lo imprevisible de los hechos y la caída de lo establecido en nuestra tarea. ¿Sabremos cómo psicoanalistas de este siglo ocupar esa posición en la actualidad?

¿Conseguir mantenernos en el margen como un espacio de transición, de interrogación permanente, un “entre” donde no nos dejemos capturar ni por la fuerza entronizada de los prejuicios ni por la seguridad imaginaria de las certezas?

Ese margen que habilita la puesta en crisis del saber establecido, de lo “políticamente correcto” y nos permite vislumbrar una realidad en interacción con el entorno, donde también el Psicoanálisis de Niños y Adolescentes debe manifestar su potencia clínica y su compromiso con la sociedad.

Mc Ewan en su libro “La ley del menor” dice:

“…ese adolescente quería lo mismo que quiere todo el mundo… un sentido”.