Formación analítica en APA

Por la Comisión de Formación Permanente Noviembre 2014

Este texto refleja la posición de la Comisión de Formación Permanente respecto del tema de la formación analítica y el papel de la institución. Fue presentado en el Simposio de la Asociación en el 2014.

Toda institución psicoanalítica cae bajo una paradoja. O se institucionaliza y deja de ser psicoanalítica, o renuncia a todo criterio formal de funcionamiento y deja de ser una institución (1985, W. Baranger)

¿Es posible salvaguardar al mismo tiempo la doctrina analítica y la estabilidad de la institución analítica (1982, M. Mannoni)

La relación entre el psicoanálisis y la institución se nombra de varias maneras, todas destacan el carácter de obstáculo y de dificultad que define esta relación aparentemente signada por la imposibilidad, la disarmonía, la extraterritorialidad.

El problema se agudiza cuando a este aparente desencuentro se le agrega el hecho que una institución psicoanalítica (como la APA) tiene como uno de sus objetivos principales la formación analítica. El planteo llega a que lo disarmónico, lo imposible, lo extraterritorial alcanza a la formación misma, ya se trate de la formación de candidatos o de la formación permanente de sus miembros.

Esta disarmonía que para algunos es estructural y necesaria parecería ser inherente a la formación analítica.

¿Cómo está constituido este desencuentro? ¿En que se basa?

Los dos ejes que conforman, por un lado, la serie de actividades propuestas por la Secretaría Científica, y por el otro, las realizadas por el Instituto de formación respecto de los seminarios, parecieran corresponderse con dos estructuras institucionales regidas por legalidades distintas. En la primera, se elige un tema anual o semestral en torno al cual giran una serie de propuestas. En la segunda, los seminarios dependen de un conjunto de decisiones individuales: quién dicta el seminario, qué temas o textos se dan, quiénes se inscriben para cursar, cuáles son los criterios de evaluación, etc.

La descripción de estos dos ejes de trabajo establece un campo de diferencias que en este texto sólo nos limitaremos a subrayar.

La reforma de 1974

La Reforma establecida en 1974, hace cuarenta años, no intervino en relación a la actividad científica en general sino en particular a lo referido a la organización de seminarios, dando en esto un paso fundamental: la independencia tanto de los analistas que cursaban seminarios como la de los analistas que los dictaban. Defendió la libre elección de ambas partes y rechazó el autoritarismo ejercido por la mesa didáctica.

¿Cómo pensamos la vigencia de esa independencia lograda hace cuarenta años? ¿El modo en que está planteado el programa de seminarios refleja la preocupación que la Reforma denunciaba o –cuarenta años después- está al servicio de generar una nueva dependencia bajo otras modalidades?

Pensamos que desarticulada la preocupación del 74, esta manera organizativa refleja una falta de posición institucional. Un dejar hacer como institución analítica los modos en que pensamos la formación.

El fenómeno de masa que toda institución presupone, dio lugar al surgimiento de una versión institucional en archipiélago: se armaron centros de poder múltiples (parroquias) que funcionan como pequeñas instituciones alrededor de distintos autores o de desarrollos teóricos llevados adelante o representados por algunas personas, islas a las que les faltaría la trama institucional para poder pasar de una a otra .

Con preocupación vemos que lo que se dio en llamar pluralismo se transformó en una multiplicidad de pequeños centros organizados alrededor de “líderes”, legitimando de alguna manera un fenómeno de masa, encubierto bajo el lema de ese mismo pluralismo que se proponía como salida al discurso único.

Represión y dogma

La afirmación de que la institución tiene una incompatibilidad de estructura con el psicoanálisis se sostendría en el mecanismo de la represión. En otras palabras, existe una tendencia fuerte para que la institución labore para el lado de la represión. Represión, idealización, dogma, engaño, ilusión, sugestión, obediencia, son algunas de las palabras que surgen al analizar los intercambios institucionales. Formas que alejan al sujeto de la práctica analítica y por lo tanto de la formación analítica.

Estos mecanismos actúan en la institución y dependerá de los modos de funcionamiento institucional que los mismos se incrementen o se atenúen. Este es el fundamento de lo que entendemos como relación disarmónica. Las diferentes propuestas por parte de la institución pueden actuar a favor o en contra de la represión. En palabras de Winicott,“que el lenguaje esté vivo, enunciar en sus propios términos, es luchar contra la represión que implica toda posición dogmática”.

La pregunta que formula Maud Manonni sobre si es posible al mismo tiempo salvaguardar la doctrina analítica y la estabilidad de la institución habla de esta disarmonía que no sería indefectiblemente necesaria e ineludible. ¿Qué es salvaguardar la doctrina? Que la palabra no se vuelva dogma, que no se instale la represión, una represión que conserva el contenido pero no el espíritu . Didier-Wiell al referirse a Freud respecto del espíritu de creación de Leonardo, dice que lo importante era su “aptitud para el asombro” en contraposición con “la incapacidad para el asombro que se produce cuando un sujeto, “intimidado” por la autoridad, no tiene otro recurso que obedecerla e imitarla por medio de la memoria.”

Baranger (1985) decía que ”toda institución psicoanalítica cae bajo una paradoja. O se institucionaliza demasiado y deja de ser psicoanalítica o renuncia a todo criterio formal de funcionamiento y deja de ser una institución”. Tenemos un disenso parcial: los criterios de funcionamiento pueden no ser formales sino que pueden estar en relación a lo que el psicoanálisis nos enseña.

Deseo y regulación

Una de las respuestas al interrogante de cómo pensar la formación en la institución se centra en hacer del deseo el sostén de la formación.

Una ética sostenida en el deseo. El deseo como sostén del proceso de formación puede resultar una formulación válida pero también problemática. Válida porque acentúa el carácter de motor que el deseo tiene para el ser analista, problemática porque es un enunciado de carácter general, que si se mantiene como tal sin desarrollo, sin pasar a los detalles, se lee como un “cada uno hace lo que quiere.” Dicho así el deseo se aparece a una intencionalidad, con agente no identificable.

La vida institucional no la pensamos librada a que cada uno haga lo que quiera ni tampoco ligada a conceptos de la teoría psicoanalítica que resultan insondables por fuera del marco de un análisis.

Sabemos que en nuestra práctica analítica institucional necesitamos salir del plano de la abstracción y generalización y pasar a los detalles.

La “ética sostenida en el deseo” pareciera por momentos aludir a algo inasible que surge, se motoriza y se revela -en el mejor de los casos- en el interior de un análisis, y que es además del orden de lo estrictamente privado e individual.

¿Cómo extender esta idea del deseo a la esfera pública e institucional para que no se transforme en un sintagma gastado, vaciado de sentido, que funcione a favor de la represión y de la formación del fenómeno de masa?

Responsabilidad institucional

La vida institucional basada en la participación -y no en el reconocimiento– está más alejada del fenómeno de masa y de la represión.

El deseo es algo que se construye también en el marco institucional con el despertar el placer de aprender (Gadamer), el enseñar a aprender (Winicott). Por eso vemos una falsa antinomia entre deseo y regulación y sí vemos una mayor oposición entre participación y reconocimiento, este ultimo ligado al fenómeno de la idealización.

Se arma una oposición que pensamos es falsa entre deseo y regulación.

Los reglamentos constituyen el marco que hace posible la vida institucional, ese espacio público que constituimos y nos constituye. Regulaciones pensadas desde y con el psicoanálisis. Para eso también tomamos en consideración la transferencia en la vida institucional en relación a la enseñanza y a los textos.

“El saber sobre la transferencia de sus miembros se diluye cuando esta ultima actúa sobre la trama misma de su sociedad analítica” (P. Aulagnier) y empieza a primar la economía del reconocimiento, de la idealización y de la represión.

¿Si la transferencia se va deconstruyendo en el análisis podrá hacerse también en la vida institucional?

Ponemos el acento en la responsabilidad que la institución tiene en el armado de un diseño que de cuenta de una o varias posiciones respecto de la formación.

El diseño no equivale a una homogeneización ni unificación de criterios, consiste más bien en el intento de implementar posiciones sobre distintas maneras de abordar el tema.

¿Qué se enseña? ¿Cómo se enseña? ¿Quienes enseñan? ¿Cómo interviene la institución en la formación de analistas?

¿Las regulaciones institucionales pueden servir para evitar o atenuar los efectos de formación de masa?

¿Cómo se va construyendo un interés? ¿Como se construye la invención?

Estas son algunas de las preguntas que pueden conducir la realización de un diseño.

T. Adorno en su libro Educación para la emancipación dice:

¿Es el entusiasmo algo que puede prescribirse? La respuesta no es tan simple como supone el gesto de rechazo. Este entusiasmo no es algo casual, no es simplemente una fase dependiente por ejemplo, del estado biológico de la juventud. Tiene un contenido objetivo, la insatisfacción ante la simple inmediatez de la cosa, la experiencia de su apariencia, elevarse es algo que viene exigido por la cosa misma, es una elevación que requiere de inmersión

Formación Permanente

  • Coordina: Mirta Goldstein
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